viernes, 20 de junio de 2008

Granada - 1ª parte

Bueno, ahora que ha pasado la fiebre del concierto de Waters y el cansancio del fin de semana pasado allí se ha diluido en el recuerdo, voy a contarles algo sobre el mismo.

Salimos viernes a mediodía con negros nubarrones en el horizonte y pesimistas previsiones meteorológicas, para el fin de semana en general y para esa noche (la del concierto), en particular. ¡Qué tiempos aquellos en los que uno hacía todo lo contrario de lo que aconsejaba el hombre del tiempo y casi siempre le salía bien! En Puerto Lumbreras ya tuvimos que detenernos por la intensidad de la lluvia, pues apenas distinguíamos el asfalto (lo cual me vino muy bien, pues mi vejiga quería desaguar las cervezas de la mañana). Luego, unos kilómetros de tregua hasta el Puerto de la Mora, donde las nubes se cerraron de nuevo y parecían querer detenernos. Deberíamos haber traído a Gandalf con nosotros, pero estaba con Frodo en Gondor, impartiendo unas jornadas sobre “Beneficios del tabaco de pipa para la economía de La Comarca”, así que nos las tuvimos que apañar solos. Cuando conseguimos salir de allí y divisar la vega de Granada, el sol brillaba, sin fuerza pero con rabia, tratando de abrirse paso para alegrarnos la tarde. Al mismo tiempo, Juanjo, un viejo amigo de Dani que se había adelantado para recoger las llaves de los apartamentos que habíamos reservado en el Albaicín, salía de los mismos para reunirse con nosotros en Atarfe. No sé qué cervezas, digo qué asuntos pudieron entretenerlo, pero llegamos bastante antes que él a nuestro destino, y eso que habíamos parado a comprar los bocadillos en un bar de la autovía, donde con letras grandes, legibles desde el Veleta, anunciaba “nuevo propietario” como un feliz acontecimiento. No quiero ni pensar cómo sería el anterior, pues en general la limpieza brillaba por su ausencia, los bocadillos eran pésimos tirando a peores (además nos cobraron uno de más) y el servicio era de ese que se mueve mucho pero no hace nada. Estábamos a un paso de Atarfe y, a la entrada del pueblo, encontramos un despliegue de la guardia civil como si hubiese habido un atentado. Dentro del pueblo, más guardia civil, policía local y miembros de protección civil, dirigían el tráfico con una eficacia tal, que si no nos dejamos llevar por nuestra intuición, habríamos llegado a Almuñécar en un periquete. Aparcamos en una urbanización de las afueras, a unos veinte minutos andando del estadio donde veríamos el concierto. El tiempo, que aparentemente había firmado una tregua con los organizadores, había mejorado bastante, con lo que el solecillo de la tarde nos daba esperanzas de ver el espectáculo sin mojarnos. Aún faltaba casi una hora para que abrieran las puertas, pero la cola ya daba la vuelta al recinto.


¡En cosas peores nos hemos visto...!

Después de una espera relativamente corta, aquello empezó a moverse, además con rapidez, he de reconocer. Casi sin darnos cuenta, ya estábamos dentro, corriendo hacia el puesto del merchandising oficial, donde compré la camiseta que debía haber adquirido en Barcelona. Con la satisfacción del deber cumplido, y con un sol casi radiante, pasamos a la zona del concierto en sí, a escoger nuestros asientos. Primera sorpresa: las gradas más cercanas (por decir algo) al escenario, eran las VIP; más allá estaban las de prensa y autoridades (más gente VIP, vamos). Al preguntar a un empleado dónde -más o menos- caían las nuestras, me señaló hacia el fondo sur, a una media hora andando. La consecuencia de esto fue que todo el que tenía entrada de grada y llegó a tiempo, se quedó en pista y cogió un buen sitio (como nosotros), mientras que los rezagados tuvieron que conformarse con lo que quedaba, allá en el horizonte.

Así pintaba la cosa cuando llegamos

Montamos nuestro campamento a unos ocho metros del escenario, lo que nos valió para disfrutar del concierto como nunca había pensado y para verle los pelillos de la barba a Roger Waters, amén de escucharlo con una buenísima calidad, cosa que según he podido leer posteriormente, no sucedió más atrás. A lo lejos vimos aparecer a Juanjo ¡por fin!, y un poco más allá, unas nubes de esas espesas, negras y refrescantes que, en un exceso de optimismo, pensamos que no llegarían jamás a Atarfe.

Aquellas maravillosas nubes

De momento, seguía brillando el sol. A nuestro alrededor, la gente iba a su rollo, bebiendo cerveza (a precios populares por cierto: 3 euros la caña y 7 la maceta de un litro, para que luego digan que la juventud no tiene un duro) y dedicándose a la papiroflexia, aunque por mucho empeño que ponían, siempre les salían las figuras con forma de canuto. Pese a que los organizadores habían tenido la precaución de tapar el césped con lonas para que no se estropeara, la fresca brisa que venía del oeste traía intensos aromas de yerba y, conforme avanzaba la tarde, de chorizo a la cerveza. Así estuvimos, de pie, escuchando la música que desde el escenario amenizaba la espera, hasta que llegó la hora de la verdad.

Unos fieles seguidores

(c) Imágenes graciosamente cedidas por Daniel I. San

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