domingo, 20 de julio de 2008

Granada - 3ª parte: La Alhambra

¿Qué les puedo decir de La Alhambra que ya no sepan? Pues, que si quieren subir andando desde Granada, hay una cuesta –que hay que ver lo que cuesta subir- que sale desde los mismos pies del Albaicín. Y allí estábamos nosotros, a las 10:30 de la mañana, después de un frugal desayuno (con cerveza incluida en mi caso) y con más sueño que Bush leyendo “Carta a un joven español”. Pero una simple pendiente no es obstáculo para unos montañeros “bragaos” como nosotros, curtidos por años de entrenamiento en Pampaneira y otros pueblos alpujarreños (si les han dicho que todos los bares están en la plaza, es mentira, hay que subir y bajar constantemente), así que nos plantamos al lado de los cañones en un abrir y cerrar de ojos. El cielo seguía encapotado y de vez en cuando soplaba una brisilla apta para el pre-curado de jamones. Después de vagar despistados durante unos minutos, averiguamos que aún teníamos que subir más, hasta la puerta principal, a canjear las entradas que habíamos sacado en Internet por otras de verdad. Teníamos reservada la visita a los Palacios Nazaríes a las 12:30, pero aún nos dio tiempo de cumplir todos los trámites y dar un paseo antes por la Alcazaba. Una intermitente, fina y apenas perceptible lluvia nos acompañó una buena parte de la visita. Los pájaros, descarados como no los había visto en ninguna otra parte, casi se dejaban tocar (incluyendo a mirlos y petirrojos), lo cual revela que hace décadas que no son perseguidos allí dentro. Pero mejor que contarles, creo que será que vean las fotos que acompañan a este texto.

Nuestros pies estaban pidiendo tregua y nuestros estómagos rugían como leones, pero aún tuvimos fuerzas para subir al Generalife y tomar alguna buena instantánea. A eso de las dos y media, bajamos a toda velocidad –la vuelta es cuesta abajo- en busca de cañas, tapas, más cañas y lo que se pusiera por delante. Por desgracia para nosotros, había muchísima gente que había pensado lo mismo, y además con anticipación, con lo que nos llevaban más de media hora de ventaja. Juanjo, que hizo de guía, nos llevaba a los mejores sitios que conocía, pero todos estaban a reventar. Exhaustos, nos dejamos caer en la primera mesa que vimos libre en la calle y, aunque las cañas eran medias, las tapas (bacalao con tomate, unos calamares riquísimos y un secreto ibérico de rechupete) nos calmaron momentáneamente, al menos hasta alcanzar nuestro siguiente destino, donde Juanjo consiguió hacerse un hueco en la barra y pedir unas tablas para llenar el que teníamos en el estómago. Hace años que no veía bares tan abarrotados como aquellos. Hasta las 16:30, coincidiendo con nuestra marcha, no comenzó la cosa a clarear. Yo habría ido a dormir un poco la siesta, pero con eso de que hay que aprovechar el tiempo, fuimos a la Alcaicería a buscar algo que nos ayudara a hacer bien la digestión. ¿Conocen la Alcaicería? Calles estrechas, de apenas dos metros de anchura, donde se alternan teterías, pubs, tiendas de souvenirs y todas esas cosas que tanto gustan a los turistas. En una de esas teterías probé el baklava, un clásico de la repostería bereber, tan energético y meloso que la NASA se está planteando incluirlo en la dieta de los astronautas, suprimiendo el resto de alimentos, claro. No había orujo, ni grappa, ni ningún licor seco y digestivo que suele venir muy bien en esos casos, así que el baklava tuvo que conformarse con la compañía de un pobre chupito de ron.


Una de las tiendas del barrio


Cumplido ese trámite, Juanjo se marchó a reunirse con su chica, recién llegada de Huéscar, y el resto, ahora sí, nos arrastramos hasta los apartamentos, donde habíamos quedado con el dueño para pagarle, y aprovechamos para descansar un poco antes de volver a salir, pues Dani quería comprarse una camiseta que había visto en un escaparate. La tienda en cuestión era “Por qué no te callas”, o “Cállate la boca”, o algo así, pero el caso es que el único interesado en principio casi se viene sin comprársela, y los demás cargamos de camisetas, llaveros y otras tonterías, para nosotros y para mi hija, que no se había querido venir y prefirió quedarse con el novio a vigilar la casa, la muy tonta. Muy ufanos con nuestras bolsas, nos acercamos hasta el coche a recoger el paraguas, pues la cosa estaba poniéndose fea por momentos. Creo que ya les dije antes que mi paraguas es de esos grandes, de los de golf (6 euros en Decathlon) (De nada), y desde que lo compré, ha ido conmigo a todos los viajes. Después de haber estado en la campiña inglesa, en Oxford y en un concierto de Roger Waters, ¿qué más puede pedir un paraguas? Pues aún hizo un buen papel en Granada, pues esa tarde-noche cayó lo que no está escrito, hasta el punto que hubimos de buscar refugio en un bar, donde tuvimos que hacernos, para disimular, un plato de jamón y unas cervezas. Por cierto, tenían la Budwar a un precio muy razonable, tanto, que nos hicimos varias rondas para celebrarlo. Ya nos íbamos cuando recibimos una llamada de Juanjo, diciendo que lo esperásemos, que venía a presentarnos a la moza (para los no entendidos, acontecimiento social de gran envergadura). Cuando llegaron, y por acompañarlos, nos hicimos otra cervecilla (sin ganas, claro).


Uno de los abarrotados bares del lugar

Esa noche caímos como piedras en las camas. No teníamos que madrugar, pero habíamos quedado a las 11 con la dueña para devolverle las llaves. Ya de vuelta, por el camino llamamos a Juanjo, quien se había quedado en Granada reponiéndose, para que nos recomendara algún sitio para comer. Siguiendo su consejo, hicimos una parada técnica en Baza, donde degustamos el mejor cochinillo que recuerdo haber comido nunca (gracias Juanjo). Para que vean.


El patio de la casa, en pleno Albaycín

Y así acaba un fin de semana intenso. Tan intenso, que hemos necesitado otros dos para recuperarnos del todo. Espero que el relato les haya gustado y hayan pasado un rato entretenido. Y si no, sigan probando. Igual un día acierto...


Ah, y gracias al amigo Daniel por la cesión de casi todas las imágenes que han acompañado las tres partes de que se compone este pequeño diario de viaje.

3 comentarios:

Carlitos dijo...

¡Qué buenas fotos, Peji! (por más que no sean vuestras)

Siempre que veo un ejemplo ejemplar (valga la redundancia) de la arquitectura islámica se me mueve algo dentro que no te das una idea.

No llegué nunca a Granada, pero cuando estuve en Sevilla, se me llenaron los ojos de lágrimas cuando me apropincué a la Catedral, desde la puerta que conserva la ornamentación islámica.

Un abrazo desde Eslovenia!

Pejiguera dijo...

¡Cheeeeeeeeiiii, Carlitos! Cuánto tiempo. Esto me recuerda que tengo muchas cosas abandonadas, pero afortunadamente, el tiempo no se estira (si no, los jefes ya habrían sacado partido de eso). Me paso por tu blog de vez en cuando para hacerte una visita y estar al día de lo que ocurre en Slovenija. Leerte es siempre un placer. No lo hago con la frecuencia que quisiera, pero bueno, uno tiene que dosificarse (antes morir que perder la vida). Prometo darme una vuelta antes de las vacaciones.

En cuanto a las fotos, sí que son nuestras (bueno, de nuestras cámaras). Se hace lo que se puede. ;-)

Si has estado en España y, gustándote el mundo árabe, no has visitado Córdoba ni Granada, te has perdido lo mejor. Aunque tengo la suerte de haber nacido y de vivir en una ciudad en la que la herencia del islam se palpa en cada esquina, pues nos legaron, entre otras cosas, un palmeral que es único en Europa, antaño un método eficaz de compensar la salinidad de la tierra y hacerla más feraz, hoy uno de los principales atractivos turísticos de la zona y Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Ché, voy a parar, que me pongo a hablar de mi pueblo y me embalo...

Pues nada muchacho, encantadísimo de saludarte de nuevo. Otro abrazo muy fuerte desde España.

Hasta pronto.

daa dijo...



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