domingo, 31 de agosto de 2008

Una más, una menos

Hoy domingo hemos estado en El Pinet nuevamente. Nunca habíamos estado en pleno verano, pues el calor ha sido motivo suficiente para hacerme esquivar otras zonas húmedas que no fuesen los bares, pero nuestros compañeros de fatigas estivales, Dani y Rocío, aprovechando el final de sus vacaciones, estuvieron allí el pasado jueves con la intención de pasear. El fuerte viento de levante les hizo desistir, pero aún les dio tiempo a ver que aquello estaba lleno de “bichos”. Ese fue el parte que me transmitieron cuando vinieron a cenar, así que hoy hemos decidido hacer una visita, de la que hemos obtenido una de cal y otra de arena. El aspecto negativo ha sido la confirmación de que no hay tantos “bichos” como antaño, antes de la reforma. Ya hablé de esto aquí mismo en otra entrada, así que no me extenderé más sobre el particular, pero confío en que la cosa, con el tiempo, irá a mejor. En el lado positivo tengo que anotar el avistamiento de una especie desconocida para mí: la Canastera Común (Glareola pratincola), de la que he podido constatar la presencia de al menos una decena de individuos (e individuas). Además, alguna cigüeñuela inmadura se ha puesto al alcance de mi cámara, pero estas fotos se las enseñaré otro día. De momento, confórmense con la de la Canastera, más desconfiada –y por consiguiente alejada- pero mucho más tranquila a la hora de posar.


Ah, y a los que empiezan mañana a trabajar, que les sea leve. De verdad.


En la foto no se aprecia el tamaño, pero es un ave grande, como un mirlo o un apaput

martes, 26 de agosto de 2008

Chequia. Primeras impresiones.


Aunque tengo idea de hacer un relato más pormenorizado del viaje (lo mismo dije de Eslovenia e Inglaterra y miren...), voy a anticiparles la opinión que nos hemos formado del verde país centroeuropeo. Ya sé que las comparaciones son odiosas, pero en algunos casos, no he podido evitar hacer algunos paralelismos, que estoy seguro sabrán disculpar.

· Como ya nos habían avisado, los camareros son bastante secos, llegando a ser estúpidos en muchas ocasiones (no digo groseros porque no los entendíamos, pero yo tampoco me quedaba atrás echando piropos a los más insoportables). Afortunadamente, hay excepciones, pero la tónica general es esa. Y no crean que la cosa se limita únicamente a camareros. En “casi” todas las personas que estaban de cara al público, encontramos una actitud similar. Incluso, aunque parezca mentira, en algunas oficinas de turismo.

· La cerveza, buenísima. De las mejores que hemos bebido. La Budvar sin pasteurizar que sirven en el restaurante de la fábrica, posiblemente sea la mejor que haya probado hasta ahora. Y si hacen la visita guiada, les darán a probar esta misma pero directamente del tanque. Mmmmm.

· Los ríos, increíblemente sucios. Sólo nos faltó ir a ver algún manantial, porque todos los tramos que hemos visto, algunos de ellos muy cercanos a su cabecera, bajaban con un color marrón roña impensable en las mismas condiciones en, por ejemplo, España. ¡Y no digamos en Eslovenia!

· Los precios a la hora de comer, bastante razonables (12 euros x cabeza de media). Hablamos de hospodas y otros lugares similares, sin lujos. También probamos algunas pizzerías (por desintoxicar de tanta salsota) y, el último día, un restaurante griego, algo más caro. En todos ellos, incluido este último, los cubiertos te los traen en un plato, a veces envueltos en una servilleta, para que cada uno se coja el suyo. Casi toda la cocina checa gira en torno al cerdo, al pollo y al pato, aunque también hemos encontrado en las cartas algo de ternera y de caza, ciervo sobre todo. El cordero y el conejo han quedado inéditos. El pan, oscuro y gomoso, prácticamente incomible. Lo más barato, la bebida. Una caña (en vaso largo o en jarra) de ½ litro de buena cerveza, costaba 1 euro al cambio. En cuanto al vino, en una cena pedimos una botella de Frankovska que nos dejó indiferentes. En su defensa se podría decir que los que vamos desde un país riquísimo en caldos como es España, llevamos el listón muy alto.

· En cuanto a paisaje, no se puede decir que sea feo, ni mucho menos, pero tampoco precioso. Casi todos los pueblos tienen su(s) pequeña(s) laguna(s) –a veces grandes- con fines cinegéticos y recreativos, pero también de aguas marrones. En cuanto a los bosques, están muy abandonados, incluso en zonas turísticas como el Sumava, la parte checa de la Selva Bávara. En algunas partes, en impresionantes masas de abeto y haya, encontrábamos letreros con el siguiente aviso: “Peligro de caída de árboles. Usted entra aquí bajo su propio riesgo”. En ocasiones pudimos oír el ruido que hace la madera a punto de ceder y precipitarse al suelo. Por suerte, todo quedó en sonidos.

· Lo que habíamos leído sobre que era más fácil ver un ciervo que un perro en las carreteras checas, ha resultado del todo falso. O hemos tenido mala suerte, o es mentira. No hemos visto ni una cosa ni otra. Y nos vimos negros para encontrar vacas o caballos. Y no es por falta de verdes y soleados prados. Aunque viendo lo poco que se prodiga la ternera en la gastronomía local, no es tan raro. Lo que sí abunda en todos los prados son las casetas de madera, algunas levantadas a un par de metros de altura, imagino que destinadas a la caza mayor. Supongo que cuando no hay ciervos, le disparan a los perros.

· En el alojamiento hemos tenido suerte dispar. Los “Alex Apartments” en Cesky Krumlov superaron todas nuestras expectativas, pues estaban limpísimos, muy bien dotados (sólo faltó la TV) y eran más grandes de lo que daban a entender las fotos de la web. En Praga tuvimos peor suerte con el “Abbot’s”. Con la excusa de que en Chequia las arañas dan buena suerte, la casa era una reserva natural. Había de todas las clases, tamaños y colores, con sus correspondientes telarañas. Algunas hablaban tres idiomas. Con la mitad de las luces fundidas y las puertas tipo castillo, esperábamos encontrarnos en cualquier momento con Igor (el del jovencito Frankenstein) viniendo a darnos las buenas noches. Y del mobiliario mejor ni hablar. La cama de una de las habitaciones se fue al suelo en el primer intento de descanso. El aseo... Bueno, mejor dejarlo ahí. Es una lástima porque su situación es inmejorable, en pleno centro pero apartada del mogollón. Con un poco más de vista y una moderada inversión, se podría sacar mucho más rendimiento del pequeño apartamento.

Bueno, ya para terminar, puedo decir que lo hemos pasado bien, aunque también hemos caminado mucho, muchísimo, y más en la ciudad que en el campo. Fíjense si habremos caminado, que a pesar de todo lo que hemos comido y, sobre todo, bebido, yo he vuelto con el mismo peso que me fui. En cuanto al territorio, es un país con potencial, que si sabe encauzar el dinero que sin duda le va a llegar de la Unión Europea, puede convertirse en un destino interesante para los amantes de la naturaleza, cuidando sus bosques, recuperando sus ríos, restaurando la zona histórica de sus pueblos y ciudades, etc. Lo de la sequedad de sus gentes ya es otro cantar, pero si pensamos que han ido recibiendo palos de todas partes durante generaciones, es natural que sientan recelo a todo lo que viene de fuera, pero es algo que deberían ir limando poco a poco, especialmente en los lugares más turísticos.

domingo, 24 de agosto de 2008

La India

Regina, una de mis tres sobrinas mayores, marchó a principios de mes, con Guillem, su pareja, camino de La India. ¡Eso si que es un viaje! No se pueden imaginar la envidia que me dieron cuando me comunicaron sus intenciones. Pero bueno, tal vez estoy demasiado mayor para este tipo de aventuras. Y la primera carta que hemos recibido desde allí, la cual reproduciré casi íntegramente, poco más o menos me ha corroborado lo que les digo. Juzguen ustedes mismos:


Hola a tod@s!!!


Por fin llegamos a la India. Estamos en Mumbai, en el barrio de Colaba.


Después de un vuelo largo pero entretenido, pues nunca había subido en un macro avión de estos ni sobrevolado Afganistán, la experiencia de recorrer Mumbai en taxi, a las siete de la mañana, fue fuerte. Familias enteras durmiendo en la calle, mercados eternos de hierbas diferentes, un edificio en reformas de diez pisos andamiado de arriba abajo con cañas, la orquesta del claxon constante en las carreteras, cuervos y otros pajarracos por todas partes y, lo mas invasivo: un olor penetrante de putrefacción y contaminación extrema, potenciado calurosamente por esta humedad nebulosa. En fin, tantos estímulos que no sé bien cómo digerirlos.


Llegamos al hotel (al segundo en realidad, porque en el que habíamos reservado un semana antes nuestro nombre se había esfumado) y descansamos intentando ignorar la capa de suciedad hirientemente visible que rebozaba nuestra almohada. Pero qué buen sueño, estábamos saturados. Tras comprar litros y litros de agua, fuimos a comer a un restaurante. Guillem se pidió el plato que siempre pide cuando vamos al Raval o a Gracia, xhik tabuk,: riquísimo. Es como estar comiendo toda la vida paella en Minnesota y sentarte mas tarde en mantel valenciano. Buenísimo y auténtico todo, la verdad.


Dimos una vuelta con vacas y cabras incluidas, perros que viven como ratas, el mar marrón oscuro del puerto, mujeres con punjabi y burka, mercados y puestos callejeros para todos los gustos y una arquitectura que mezcla el Art Deco con el tocho del imperialismo inglés y desperdigados arcos musulmanes. La verdad es que faltan ojos y estómago.

La parte más delicada, porque es difícil de asimilar, es la miseria humana. Es realmente profunda. Cuando volvíamos al hotel por la noche, caminando a oscuras por la calle, casi piso a un bebé que, sin ropa, dormía en el suelo. Hay gente durmiendo en cualquier lugar, donde caen cuando cae la noche, encima de una colorida tela que no te despista de la oscuridad del momento. Y los tenderos de los mercados, una vez recogieron todo, se acuestan encima de la parada, paradas de metro y medio, acurrucados los tres. Nos piden constantemente, y lo peor es cuando lo hacen niños muy pequeños. Vimos a tres hermanos, uno no podía ni estar en pie de lo bebé que era, que nos seguían y nos pedían que les diésemos algo, lo que fuera. Me vio la mayor, de unos cinco años, con el Relec, el mata mosquitos unaltratóxico que nos ponemos para esquivar la malaria, y me dijo que se lo diera. Te piden lo que sea, lo que lleves. No le hemos dado nada a ninguno. Si comienzas no hay límite y te cuentan historias muy tétricas. Como que si se acostumbran a recibir limosna, además de perpetuar la mendicidad en esos niños, se potencia que en las familias más desesperadas se ampute a un niño, ya que cuanta más pena dé, mejor. Ahora, cuando ves esa cara chiquitita que por diez rupias (15 céntimos) te persiguen media hora, tus principios se van al final de la fila y tienes que tragarte la voz quebrada y endurecer el paso. No sé, igual cuando llevemos más tiempo lo veo distinto. Y lo duro es lo que más destaco porque es lo que te inquiere, lo que te reclama personalmente, pues por mucha pobreza que sabes que existe, cuando tiene cara y te mira fijamente se te mete dentro.


Aunque hemos visto, eso sí, muchas otras cosas. Grupos de chicas jóvenes, con el punjabi y enjoyadísimas, que cuando pasábamos por su lado reían ruborizadas. Les causamos curiosidad, creo. Fuimos a Puerta de India: equiparémoslo, con mucha torpeza, a la Puerta de Alcalá. Estaba lleno de indios y turistas árabes y asiáticos. Guillem me hizo una foto y al mismo tiempo dos o tres grupos me la hicieron también. Para ellos somos raros y no se cortan. Supongo que si un indio hubiese llegado a la plaza de Guardamar hace cincuenta años la gente hubiese flipado. Aquí parece que saltes del siglo veintiuno a la edad mediana en solo dos golpes de vista. No es estrictamente lo mismo, pero hay cierta curiosidad hacia nosotros. Y es que hay que pensar que por muchos turistas que vengan, hay tantos millones de indios que nos diluimos homeopáticamente.


Cenamos en un puesto de la calle riquísimo. Unos señores, como no tenían mesa, dejaron semiabierto el capó del coche, aguantándolo con una botella e improvisaron una mesa rectísima llena de platos exquisitos. Daba gusto verlos.

A la vuelta a casa, un goteo constante de personas durmiendo en la calle. Las castas y la pobreza. Ratas correteando al lado de bebés dormidos en la acera. Así que cuando llegamos al hotel ni me pareció tan sucio ni pasé tanto calor...


sábado, 23 de agosto de 2008

¡Qué poco dura lo bueno!

Hace tres semanas les decía aquí mismo, un poco más abajo, que estaba de vacaciones (con imagen de ternerito incluida). Mis “jólidais” se acaban y el próximo lunes me reincorporo a la monotonía habitual. Ya sé que he tenido esto un poco abandonado, pero he querido que fuesen vacaciones en todos los sentidos. He procurado hacer lo mínimo posible. Así y todo, salvo en la primera semana tal vez, no he descansado tanto como hubiese querido. El 9 salimos para la PivoRepública Checa, de la que regresamos el pasado martes. ¿Que qué he hecho desde que volvimos? Hice allí más fotos que nunca, con la esperanza de que alguna tuviera cierta calidad, y ahora hay que revisarlas, seleccionarlas, retocarlas, etc. Es un trabajo que debo reconocer que me gusta, aunque también es cierto que requiere un tiempo que podría emplear en otras cosas. Aparte de eso, me he puesto al día con el correo, tanto con el particular como con el del trabajo, hemos hecho las visitas familiares de rigor, hemos hecho las compras necesarias para devolver el frigorífico y la despensa a la normalidad, hemos hecho algunos cambios en el hogar, así que el bricolaje –otra de las cosas que me gustan- no me ha faltado tampoco. En fin, que llevamos unos días intentando descansar del viaje (sí, sí, ya les contaré) y lo único que hemos conseguido ha sido cansarnos más. Con su permiso, voy a dejarles, pues hemos quedado para comer fuera y tenemos que marcharnos. Volveré pronto, de verdad.

miércoles, 6 de agosto de 2008

Los ligones


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Le dije a mi madre que aquél sábado iríamos de excursión al Parque Municipal. Tenía la conciencia más o menos tranquila, pues aunque no era del todo cierto, tampoco era mentira que habíamos quedado unos cuantos amigos de la clase para ir al parque ¡para ligar con las turistas! No le dije esto, ni tampoco que únicamente éramos 4 ó 5 los excursionistas, y mucho menos que no nos acompañaría Don Honorato. Lo más normal es que, con ocho o nueve años –de los de entonces-, no me hubiese dejado ir. El caso es que allí estábamos, en la puerta del colegio –una vieja casa en Alfonso XII-, bastante nerviosos, pensando excitados en el que iba a ser nuestro primer encuentro con chicas “de verdad” y con el tabaco. En mi casa no se fumaba, pero Navarro consiguió distraerle algunos cigarrillos a su hermano mayor (quien unos años más tarde sería profesor nuestro), Sepulcre pudo hacerle otro tanto a su padre y Bordonado, el más grande de todos (me sacaba al menos dos palmos, tanto en altura como en anchura) enseñó triunfalmente su botín: unos puros que entonces me parecieron “de matrimonio”, por lo enormes. Frotándonos las manos como las moscas, nos encaminamos hacia nuestro destino, El Parque, y más concretamente, la charca de los patos, lugar de visita obligada para los turistas. Después de estar un ratito esperando, sentados en un banco a la sombra (el sol de mediados de mayo ya pica con gusto en mi pueblo), vimos llegar a nuestras víctimas. Era un grupito que andaría rondando la mayoría de edad, y mixto en cuanto a nacionalidades. Seguramente serían un par de chicas de aquí que hacían de cicerone para unas amigas o familiares extranjeras. Éstas eran altas, rubias, sonrosaditas, con unas minifaldas de vértigo y unas camisetitas en las que parecía que se les hubiese disparado el airbag (ya sé que aún no existía, pero es para que me entiendan). En fin, el sueño de todo chaval de nuestra edad. Nos fuimos hacia ellas haciéndonos los chulitos y, como es natural, no nos hicieron mucho caso. La verdad es que ninguno. Había que demostrarles que ya éramos hombres, así que Sepulcre repartió su munición y las seguimos, con los cigarrillos encendidos, cogiéndolos fatal y chupándolos peor, hasta donde estaban los cisnes. Allí ya las abordamos directamente y empezamos, entre tos y tos, a decirles tonterías, consiguiendo despertar su sentido del humor, pues hay que ver cómo se reían. Ellas y los cisnes, las palomas... Y aún tuvimos suerte de que no anduviera por allí cerca algún abuelo o uno de los guardietas, pues nos habría caído con toda seguridad alguna colleja 100% despabilante. Nos fuimos de allí con el rabo entre las piernas –nunca mejor dicho- y en el puente de Altamira, el amigo Bordonado dijo que no podíamos retirarnos así, y mucho menos sin probar los puros. Hicimos corro y nos cogimos uno cada uno, a lo grande. Creo que fue en la segunda calada cuando comencé a ponerme blanco, luego verde (uno, que es del Elche de siempre) para acabar con un tono indefinido y un mareo de agárrate y no te menees. Las exclamaciones de los compinches, lejos de mejorarme, aún me preocuparon más, así que le devolví la joya a su dueño y eché a correr hacia mi casa. Al bajar por la calle San José, ya un poco más recuperado, creí que deliraba, pues de repente sonó un potente zumbido, similar al que hacían las bombas al caer en las películas de los sábados por la tarde, que me dejó clavado en el sitio. ¡Castigo divino!, pensé. Pero no, me tranquilicé al oír inmediatamente después la voz de Peret diciendo: “¿Ustedes han visto a un gitano que quiere ir a la luna? ¿Ustedes han visto?”. Eran las fiestas de San Pascual, y los técnicos estaban probando los altavoces, delante de la iglesia, a un volumen que se oía en todo el barrio.

sábado, 2 de agosto de 2008

¡Che! que estoy de

ciones.

Oficialmente comienzan el lunes, pero ya me siento libre. Y no se preocupen, posiblemente les daré la lata un poco más antes de irnos de viaje.