domingo, 24 de agosto de 2008

La India

Regina, una de mis tres sobrinas mayores, marchó a principios de mes, con Guillem, su pareja, camino de La India. ¡Eso si que es un viaje! No se pueden imaginar la envidia que me dieron cuando me comunicaron sus intenciones. Pero bueno, tal vez estoy demasiado mayor para este tipo de aventuras. Y la primera carta que hemos recibido desde allí, la cual reproduciré casi íntegramente, poco más o menos me ha corroborado lo que les digo. Juzguen ustedes mismos:


Hola a tod@s!!!


Por fin llegamos a la India. Estamos en Mumbai, en el barrio de Colaba.


Después de un vuelo largo pero entretenido, pues nunca había subido en un macro avión de estos ni sobrevolado Afganistán, la experiencia de recorrer Mumbai en taxi, a las siete de la mañana, fue fuerte. Familias enteras durmiendo en la calle, mercados eternos de hierbas diferentes, un edificio en reformas de diez pisos andamiado de arriba abajo con cañas, la orquesta del claxon constante en las carreteras, cuervos y otros pajarracos por todas partes y, lo mas invasivo: un olor penetrante de putrefacción y contaminación extrema, potenciado calurosamente por esta humedad nebulosa. En fin, tantos estímulos que no sé bien cómo digerirlos.


Llegamos al hotel (al segundo en realidad, porque en el que habíamos reservado un semana antes nuestro nombre se había esfumado) y descansamos intentando ignorar la capa de suciedad hirientemente visible que rebozaba nuestra almohada. Pero qué buen sueño, estábamos saturados. Tras comprar litros y litros de agua, fuimos a comer a un restaurante. Guillem se pidió el plato que siempre pide cuando vamos al Raval o a Gracia, xhik tabuk,: riquísimo. Es como estar comiendo toda la vida paella en Minnesota y sentarte mas tarde en mantel valenciano. Buenísimo y auténtico todo, la verdad.


Dimos una vuelta con vacas y cabras incluidas, perros que viven como ratas, el mar marrón oscuro del puerto, mujeres con punjabi y burka, mercados y puestos callejeros para todos los gustos y una arquitectura que mezcla el Art Deco con el tocho del imperialismo inglés y desperdigados arcos musulmanes. La verdad es que faltan ojos y estómago.

La parte más delicada, porque es difícil de asimilar, es la miseria humana. Es realmente profunda. Cuando volvíamos al hotel por la noche, caminando a oscuras por la calle, casi piso a un bebé que, sin ropa, dormía en el suelo. Hay gente durmiendo en cualquier lugar, donde caen cuando cae la noche, encima de una colorida tela que no te despista de la oscuridad del momento. Y los tenderos de los mercados, una vez recogieron todo, se acuestan encima de la parada, paradas de metro y medio, acurrucados los tres. Nos piden constantemente, y lo peor es cuando lo hacen niños muy pequeños. Vimos a tres hermanos, uno no podía ni estar en pie de lo bebé que era, que nos seguían y nos pedían que les diésemos algo, lo que fuera. Me vio la mayor, de unos cinco años, con el Relec, el mata mosquitos unaltratóxico que nos ponemos para esquivar la malaria, y me dijo que se lo diera. Te piden lo que sea, lo que lleves. No le hemos dado nada a ninguno. Si comienzas no hay límite y te cuentan historias muy tétricas. Como que si se acostumbran a recibir limosna, además de perpetuar la mendicidad en esos niños, se potencia que en las familias más desesperadas se ampute a un niño, ya que cuanta más pena dé, mejor. Ahora, cuando ves esa cara chiquitita que por diez rupias (15 céntimos) te persiguen media hora, tus principios se van al final de la fila y tienes que tragarte la voz quebrada y endurecer el paso. No sé, igual cuando llevemos más tiempo lo veo distinto. Y lo duro es lo que más destaco porque es lo que te inquiere, lo que te reclama personalmente, pues por mucha pobreza que sabes que existe, cuando tiene cara y te mira fijamente se te mete dentro.


Aunque hemos visto, eso sí, muchas otras cosas. Grupos de chicas jóvenes, con el punjabi y enjoyadísimas, que cuando pasábamos por su lado reían ruborizadas. Les causamos curiosidad, creo. Fuimos a Puerta de India: equiparémoslo, con mucha torpeza, a la Puerta de Alcalá. Estaba lleno de indios y turistas árabes y asiáticos. Guillem me hizo una foto y al mismo tiempo dos o tres grupos me la hicieron también. Para ellos somos raros y no se cortan. Supongo que si un indio hubiese llegado a la plaza de Guardamar hace cincuenta años la gente hubiese flipado. Aquí parece que saltes del siglo veintiuno a la edad mediana en solo dos golpes de vista. No es estrictamente lo mismo, pero hay cierta curiosidad hacia nosotros. Y es que hay que pensar que por muchos turistas que vengan, hay tantos millones de indios que nos diluimos homeopáticamente.


Cenamos en un puesto de la calle riquísimo. Unos señores, como no tenían mesa, dejaron semiabierto el capó del coche, aguantándolo con una botella e improvisaron una mesa rectísima llena de platos exquisitos. Daba gusto verlos.

A la vuelta a casa, un goteo constante de personas durmiendo en la calle. Las castas y la pobreza. Ratas correteando al lado de bebés dormidos en la acera. Así que cuando llegamos al hotel ni me pareció tan sucio ni pasé tanto calor...


2 comentarios:

Carlitos dijo...

¡Qué tema, India!

No queda la menor duda que la miseria reinante en las ciudades mayores del país es absoluta: tal como la describe tu sobrina, o peor (no hacen faltas los detalles, créme, Peji).

Pero a la vez, de India provienen legiones de hombres y mujeres de una riqueza espiritual que verdaderamente los califica como Santos (nada que ver con lo que la palabra conjura en nuestras mentes occidentales-catolizadas).

Y mejor no hablo de los matices que tiene el sistema de castas, porque es un tema muy delicado.

Me parece genial que tu sobrina se le haya animado a la India. Mucha gente (mi familia incluida) no podría lidiar con tanta pobreza, y por eso se pierde de un viaje interior importantísimo (no es que la pobreza engrandeza, por favor, pero tampoco es absolutamente negativa).

Abrazo, don Peji!

Pejiguera dijo...

Bona nit, Carlitos. La verdad es que, como dije en la introducción, siempre ha sido un destino que me ha fascinado. Y mi sobrina ha desmontado mi principal excusa para no ir: que en agosto es una locura viajar allí. Pero bueno, no dije en broma lo de que tengo la impresión de que estoy demasiado mayor para ir. Aparte de que me parecería una inmoralidad -y me remordería mucho la conciencia- pasearme entre tanta miseria con 3.000 euros de material fotográfico en la espalda. La India me parece un país para "perderse" durante un mes mínimo, con una mochila con lo imprescindible y los ojos y la mente muy abiertos, para empaparse bien de todo.
En fin, avísame cuando vayas a ir, por si me animo. :-)

Otro abrazo muy fuerte va para Slovenija. Salud para todos.