miércoles, 6 de agosto de 2008

Los ligones


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Le dije a mi madre que aquél sábado iríamos de excursión al Parque Municipal. Tenía la conciencia más o menos tranquila, pues aunque no era del todo cierto, tampoco era mentira que habíamos quedado unos cuantos amigos de la clase para ir al parque ¡para ligar con las turistas! No le dije esto, ni tampoco que únicamente éramos 4 ó 5 los excursionistas, y mucho menos que no nos acompañaría Don Honorato. Lo más normal es que, con ocho o nueve años –de los de entonces-, no me hubiese dejado ir. El caso es que allí estábamos, en la puerta del colegio –una vieja casa en Alfonso XII-, bastante nerviosos, pensando excitados en el que iba a ser nuestro primer encuentro con chicas “de verdad” y con el tabaco. En mi casa no se fumaba, pero Navarro consiguió distraerle algunos cigarrillos a su hermano mayor (quien unos años más tarde sería profesor nuestro), Sepulcre pudo hacerle otro tanto a su padre y Bordonado, el más grande de todos (me sacaba al menos dos palmos, tanto en altura como en anchura) enseñó triunfalmente su botín: unos puros que entonces me parecieron “de matrimonio”, por lo enormes. Frotándonos las manos como las moscas, nos encaminamos hacia nuestro destino, El Parque, y más concretamente, la charca de los patos, lugar de visita obligada para los turistas. Después de estar un ratito esperando, sentados en un banco a la sombra (el sol de mediados de mayo ya pica con gusto en mi pueblo), vimos llegar a nuestras víctimas. Era un grupito que andaría rondando la mayoría de edad, y mixto en cuanto a nacionalidades. Seguramente serían un par de chicas de aquí que hacían de cicerone para unas amigas o familiares extranjeras. Éstas eran altas, rubias, sonrosaditas, con unas minifaldas de vértigo y unas camisetitas en las que parecía que se les hubiese disparado el airbag (ya sé que aún no existía, pero es para que me entiendan). En fin, el sueño de todo chaval de nuestra edad. Nos fuimos hacia ellas haciéndonos los chulitos y, como es natural, no nos hicieron mucho caso. La verdad es que ninguno. Había que demostrarles que ya éramos hombres, así que Sepulcre repartió su munición y las seguimos, con los cigarrillos encendidos, cogiéndolos fatal y chupándolos peor, hasta donde estaban los cisnes. Allí ya las abordamos directamente y empezamos, entre tos y tos, a decirles tonterías, consiguiendo despertar su sentido del humor, pues hay que ver cómo se reían. Ellas y los cisnes, las palomas... Y aún tuvimos suerte de que no anduviera por allí cerca algún abuelo o uno de los guardietas, pues nos habría caído con toda seguridad alguna colleja 100% despabilante. Nos fuimos de allí con el rabo entre las piernas –nunca mejor dicho- y en el puente de Altamira, el amigo Bordonado dijo que no podíamos retirarnos así, y mucho menos sin probar los puros. Hicimos corro y nos cogimos uno cada uno, a lo grande. Creo que fue en la segunda calada cuando comencé a ponerme blanco, luego verde (uno, que es del Elche de siempre) para acabar con un tono indefinido y un mareo de agárrate y no te menees. Las exclamaciones de los compinches, lejos de mejorarme, aún me preocuparon más, así que le devolví la joya a su dueño y eché a correr hacia mi casa. Al bajar por la calle San José, ya un poco más recuperado, creí que deliraba, pues de repente sonó un potente zumbido, similar al que hacían las bombas al caer en las películas de los sábados por la tarde, que me dejó clavado en el sitio. ¡Castigo divino!, pensé. Pero no, me tranquilicé al oír inmediatamente después la voz de Peret diciendo: “¿Ustedes han visto a un gitano que quiere ir a la luna? ¿Ustedes han visto?”. Eran las fiestas de San Pascual, y los técnicos estaban probando los altavoces, delante de la iglesia, a un volumen que se oía en todo el barrio.

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