martes, 9 de septiembre de 2008

La India - 2ª parte

Disculpen si les he tenido algo abandonados, pero he estado unos días sin conexión (hasta esta noche) y no he podido actualizar esto, ni ver el correo, ni todas esas cosas que con el tiempo se han ido haciendo imprescindibles. Pero bueno, el domingo estuvimos comiendo con -entre otros- Regina y Guillem, recién llegados de La India. Como éramos muchos en la mesa, no tuvimos apenas tiempo de hablar sobre el viaje, pero al menos aún me quedan un par de capítulos en la recámara (que he sacado de un correo que envió) y la esperanza de que me envíe alguno más contando el resto de su estancia en Oriente, ¿eh Regina? Ah, tengo unos “souvenirs” muy guapos que ya les enseñaré otro día, cuando tenga tiempo de fotografiarlos. Mientras ese momento llega, tendrán que conformarse con la segunda parte de la crónica viajera. Que la disfruten.

Estamos en Rajastán, concretamente en Jodhpur, la ciudad azul. Qué decir. Fantástico. Estamos genial y sin parar de comer. Volveremos rollizos.Como no tenemos mucho tiempo, no puedo contaros cómo ha transcurrido el viaje hasta aquí. Me hubiese gustado ser mas constante, pero llevamos un ritmo frenético y a veces sólo hay ganas de dejar la mente en blanco. Por si tenéis tiempo y ganas, os dejo un par de notas que hice al principio sobre Mumbai.

2. Alrededores de Dhobi Gath

Ayer, todavía en Mumbai, visitamos por la tarde Dhobi Gath, en el barrio de Mahalaxami. Dobhi Gath es una lavandería gigante al aire libre. Los ingleses la crearon en la primera etapa del imperialismo para que los indios lavasen la ropa del ejército y de los colonos británicos. Pero poco a poco, y vencido el invasor, se ha convertido en una lavandería ciclón que se encarga de la limpieza de los sharis, punjabis y ropajes en general de gran parte de Mumbai. Trabajan 10.000 personas y es todo un espectáculo. Infinitas pilas de piedra, parcelas de ropa tendida por colores, muchos que lavan, otros que frotan, aquellos que espolsan y el resto que envían. Si bien nosotros conocemos únicamente la división de castas, lo cierto es que para ellos existen muchas más. En cada casta, dependiendo de la profesión, perteneces además a una jatib. Los lavanderos de Mumbai pertenecen a la casta de los sudras y a la jatib de los lavanderos. Concretamente los de Mumbai, siendo tantos, han creado su propia casta, llamados Kanojia. De forma contraria a lo que sucede en la mayoría de casas indias, en Dhobi Ghat quien lava son mayoritariamente los hombres. Al ser las pilas de piedra hereditarias y tener cierta fama trabajar en esta lavandería, el prestigio direcciona sistemáticamente el puesto a quien tiene el poder de género. A otro nivel, por supuesto, pero todos conocemos en el Estado español a un puñado de cocineros con michelines y estrellas en los mejores restaurantes y cientos de cocineras estrelladas en la mayoría de hogares.

El caso es que Dhobi Ghat lo vimos por la tarde, y pese a la historia que subyacía sumergida jabonosamente, el espectáculo estaba casi acabado. En cinco minutos ojeado. Decidimos bajar por las escaleras que rodeaban la lavandería y encontrar un resquicio para entrar. No nos dejaron entrar sin pagar y caminamos por los alrededores sin rumbo. Cada vez que avanzábamos, los pies me pesaban más y los pasos se hacían más cortos. Guillem, intentando convencerme como acostumbra a hacer exitosamente cuando me entra ese mal rollo paralizante, tiraba de mi mano. Nos encontramos de pronto en un mercado sacado directamente de la edad media. Pollos en el suelo llenos de moscas, cabezas de cabra con la lengua fuera y sangre negruzca, pescados en mantas extendidas que desprendían un olor rotundamente saciante. Y, si mi imaginación y mi obsesión personal no me traicionan, me pareció ver ratas abiertas como si fueran mojama. Y todo ello regentado por gente pobrísima. Sentadas en el suelo, las tenderas arrugadas con cuatro piezas por vender, al lado de un gato pulgoso que miraba con la cabeza ligeramente inclinada y con paciencia de cazador un cadáver. Hay quien explica que esto y los muertos quemados en el río Ganges, que visitaremos más adelante, son los motivos que llevan a mucha gente que visita la India a volverse vegetariana. No los comparto, pero parecen razonables. Y cuando por fin acaba el mercado, pasamos por una calle chabolizada. Qué barbaridad. En mi vida había pasado esta extraña mezcla de miedo, intimidación y vergüenza. El miedo de ver tanta pobreza acumulada que, explicablemente, podría impulsar a cometer cualquier acto. Intimidada por las miradas risueñas de los niños, flanqueadas por las fijas y secas de los mayores. Avergonzada por atravesar la miseria como paseando ante un escaparate. He de decir que no había motivos reales para ninguna de estas tres emociones, analizando la realidad. No había ningún peligro. Afloran mil sensaciones difíciles de gestionar. Y cuando acabamos este pasillo tapizado de basura y excrementos, divididos y unidos por cajones superhabitados por los pobres de la ciudad, perfumado por cloacas y humos, era difícil volver a cerrar los ojos y abrir el estomago.

Al día siguiente visitaríamos Daravi. Un slum (barrio de chabolas) que cambiaria por completo nuestra visión de estos barrios pobres que apuntalados en Mumbai, Calcuta o Brasil son caricaturizados y criminalizados. Otro día exponemos Daravi, a medias Guillem y yo.

No hay comentarios: