domingo, 5 de octubre de 2008

Bambi

Domingo, 23 de mayo de 1971. Fiesta en el barrio. San Pascual. Los niños que han comulgado ese año (todos los que tenían la edad, porque entonces se hacía sí o sí), aguardan pacientemente, con el cirio en la mano, a que arranque la procesión en honor del Santo en la que van a participar. Allí estoy yo, mirando cómo venden los últimos boletos para la rifa del borrego, animal viejo y renqueante. Me sonrío imaginando a los de la comisión regateando con Noé para comprárselo nada más bajar del Arca. Mientras lo hago, miro de soslayo a mi alrededor, temiendo la colleja de la catequista, centinela de la fe, pendiente del más mínimo detalle. Ya me había dado una a contrapelo el día que comulgué, por hablar con los compañeros y no prestar atención a la misa, y no tenía ganas de repetir. Hay cosas que, con probarlas una vez, tienes más que suficiente. Mis padres y mi hermana se habían ido a coger un buen sitio en la calle Santa Ana, así que estaba solo (sin vigilancia quiero decir) cuando vi a María, una vecina de mi abuela, amiga de la familia, que se acercaba sonriendo. –“Ché, qué guapo que está! ¿Dónde está los papás?” Le dije que se habían adelantado y me puso en la mano una chapa de diez duros, advirtiéndome que se la diese a mis padres cuando los viese. 50 pesetas de las de entonces eran mucho dinero en manos de un niño. Piensen que un chicle, o una bolsa de pipas valían dos reales (50 céntimos) o una peseta como mucho. Un litro de Mahou y una lata de mejillones Escuris, ocho pesetas “a ca Los Gordos”. El caso es que me callé y pensé que, ya que el dinero era un regalo de comunión, tenía derecho a gastarlo en lo que yo quisiera. Mi madre me habría comprado seguramente una muda completa (camiseta de sport con agujericos + calzoncillos Ferrys) o algo así, pero yo tenía una idea mejor. Hacía poco que habían sacado un álbum de cromos de Bambi y consideré que sería una buen inversión. En un 10% de los sobres salían calcomanías con las figuras de la película y con ellas soborné a mi hermana para que no cantara. Como no pegaban sobre la piel humana –ni siquiera en la mía-, las adherimos como decoración en unos platos de plástico que había comprado mi madre en Valentín para poner la cascaruja. El plástico estaba entonces muy de moda. No había nada nocivo para la salud ni mucho menos cancerígeno. Se aplicaba a rajatabla el viejo dicho de “lo que no mata, engorda”, que a la larga, viene a ser casi lo mismo. Se quedó un poco mosca con la explicación que le di de que nos habían salido en las estampas, pues no recordaba habernos comprado ningún sobre, pero no le dio más importancia a la cosa hasta que se encontró a la vecina por la calle y ésta la interrogó sobre la moneda. Fue atando cabos y cuando llegó a casa ya sabía exactamente lo que había pasado. Ni Poirot habría sido tan rápido. Al volver del colegio, me aplicó un interrogatorio en primer grado y todas mis coartadas caían como castillos de naipes, así que hice lo que tenía que hacer: cantar de plano. El “paquete” me lo llevé a medias con Manolo, el quiosquero, pues mi padre le echó en cara –y con razón- que, conociendo a la familia y sobre todo a mí (cría fama...), cómo me había vendido esa cantidad exagerada de sobres. El mercantilismo le pudo a la sensatez, pero los correazos me los llevé yo solo.

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