jueves, 2 de octubre de 2008

La India - 3ª parte

Ésta es, de momento, la última entrega que he recibido de mi sobrina sobre su viaje a La India. Espero recibir más, pero no les prometo nada. Sería una lástima que terminase así ¿verdad? Ahí va:

3. Véase LA SARFA (a la catalana) O EL COSTA AZUL (a la alicantina) made in India

Vamos ya por el quinto o sexto día de viaje, sin demasiada precisión porque esta sobre-estimulación y falta de obligaciones desordena. Ahora estamos en Khajuraho, un pueblo bastante turístico con más de una veintena de templos de estilo indo-ario realmente impactantes. Los templos tienen una silueta que recuerda al arte azteca y una cantidad de relieves y esculturas de guerreros e imágenes del kamasutra profusísimas: en un templo de unos 10 metros cuadrados, más de 800 diminutas esculturas con posturas erótico festivas datadas en el 1025, que nada tienen que ver con el coetáneo oscurantismo cristiano. Khajuraho nos ha tratado bastante bien. Eso si, al ser tan turístico, participas sin quererlo en una persecución constante de miradas, invitaciones y conversaciones con fines comerciales cargante. Pero hay que tomarlo con tranquilidad, y ser firme. Es habitual que un niño o varios te sigan por la calle dándote conversación hasta llegar a ofrecerte algún servicio (muchos son guías turísticos) empezando por cómo te llamas, hablándote un castellano perfecto y acabando por señalarte “su” tienda. Muchos cobran comisiones por ello si al final compras algo.

Para llegar a Khajuraho vivimos una auténtica indian experience. Decidimos venir en autobús desde Jhansi. Nos tocó en la última fila según una esquina de papel de periódico con un par de garabatos que dejaban adivinar los asientos 48 y 49. ¡Vaya viaje!. Estuvimos esperando durante una hora y cuarto para arrancar. El autobús cada vez se llenaba más. En la última fila íbamos sentadas hasta siete personas en un espacio de cuatro. Y cinco horas por delante de viaje. Estrechísimo, calorcisimo y olorcisimo. Teníamos las caderas clavadas en las caderas clavadas del acompañante. Y una lucha constante por un milímetro de asiento que nadie estaba dispuesto a ceder. Las condiciones son tan malas que la cortesía no forma parte de la vida diaria. A mi derecha, Guillem Boix, señor de caderas fuertes, sudor generoso y espalda rotunda. El pobre tuvo a su lado a la segunda persona peor oliente de la India (la primera venia en el avión, un adolescente que contenía en sus zapatillas una bomba química de última generación). Al principio había un señor mayor, pero al llenarse el autobús a él y a un niño les hicieron levantarse a gritos. El niño fuera y el señor mayor de pie. El pobre, con unos gestos de resignación dramáticos, tuvo que ceder en último término. Le devolvieron la mitad del billete y fue cinco horas de pie. En su lugar se sentó el maloliente. Suponemos que las castas o el amiguismo estaban detrás. Al cabo de un rato, tenía una niña a mis rodillas y a su abuela en mi regazo. Finalmente, más de 90 personas en un autobús de 50. Y pese a las incomodidades, no desesperamos y disfrutamos el viaje. Es lo que tiene ser guiri. Media hora en metro camino de la UAB me frunce mas la frente que siete horas de baches, sudores y la dislocación inminente de este cuerpo tan poco yóguico.

¿Continuará?

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