domingo, 19 de octubre de 2008

U Kalicha

¿Recuerdan que les he hablado varias veces en este blog del valeroso soldado Schwejk? Pues bien, hay en Praga un lugar donde explotan al personaje al máximo. Apenas encontrarán en toda la capital un solo recuerdo que haga referencia al famoso soldado, que lo es más fuera de las fronteras checas que en la tierra que lo vio nacer, pero en el restaurante U Kalicha suplen esa carencia con creces. Me vi negro para encontrar un triste imán de nevera en el último rincón de una de las muchísimas tiendas de “chominás” del centro, pero en la Kalicha, aparte de buena cerveza y el mejor queso que probamos en todo el viaje, tenían camisetas, ceniceros, saleros, cerillas, posavasos... hasta la gorra de fieltro verde que usaban los soldados del imperio austro-húngaro en la 1ª guerra mundial.


Durante los preparativos del viaje, ya había visto su web en Internet, donde tienen un apartado, incluso, para reservar con antelación, pues es bastante complicado comer o cenar allí sin una reserva previa. Fuimos en su busca con la idea de hacernos una cerveza en el pivobar, pero llegamos antes de lo que pensábamos, a eso de las 12, y el camarero (creo que uno de los dueños), salió hasta la calle para invitarnos a entrar a la hostinec (el restaurante), donde una sola mesa estaba ocupada por unos alemanes que iban a comer (sí, a comer. Tan temprano). Le explicamos al simpático señor que sólo queríamos unas cervezas, pero insistió en que nos sentáramos y nos trajo inmediatamente unas cartas en español, mientras se iba a ponernos las jarras. Rocío se levantó para decirle que la quería pequeña, a lo que le respondió que no se preocupara, que las traería grandes para los chicos y pequeñas para las chicas. Y así fue: de un litro para nosotros y de ½ para ellas, y unas almendritas para picar (que cobraron, claro). Jo, qué jarras. Mientras leíamos las cartas, vimos que tenía un tarro bastante grande con unos quesos pequeños en aceite, así que le pedimos uno, aparte de algo más para acabarnos la bebida. El quesito, además de con aceite, estaba adobado con hierbas (romero y alguna más que no recuerdo) y ¡ajos! Incrustados en la pasta. Mmmmm. Supongo que se los traerían de España o de Italia, porque todos los que probamos durante el viaje eran sosos con avaricia. Acabamos con todo lo que nos sirvieron y, a la salida, en la tienda hicimos acopio de souvenirs, de modo que ambas partes salimos bastante contentas con la visita. La foto de abajo es del papel que utilizan para envolver las piezas de cerámica, con las ilustraciones que Josef Lada hizo para el libro de Jaroslav Hasek.


En fin, todo un acontecimiento (para un incondicional como yo). La caminata nos deparó uno de los mejores momentos del viaje, al menos para mí. Cumplido mi capricho, fuimos a completar la segunda misión de la jornada: encontrar una tienda de música, en el otro extremo de la ciudad, donde Dani quería comprar algo para su batería. Desde el punto de vista gastronómico, no nos vino mal la excursión, pues por el camino paramos a comer en un griego, donde hicimos tal vez la mejor comida de las vacaciones. Luego, con la “pancha plena”, tuvimos tiempo de completar el segundo reto y de seguir caminando durante el reeeesto de la tarde. Hemos vuelto del viaje con unas plantas de los pies en las que se podría partir almendra.

1 comentario:

Pepin dijo...

U kalicha o u salchicha ¿eh?