sábado, 21 de febrero de 2009

Salvadorín

Hace tiempo que no les hablo de mi barrio. La memoria tiene un límite y, sobre todo, muchos recovecos donde los recuerdos permanecen dormidos esperando a que una visión, un aroma o una palabra los despierte. Hace unas semanas, almorzando en la cafetería donde suelo hacerlo todos los días, cuando me disponía a levantarme para pagar, alguien de la mesa vecina me pidió el periódico que acababa de leer. Al dárselo, me preguntó de repente: -¿Tú eres José Luis, verdad? Conozco a mucha gente, a tanta que a veces devuelvo saludos sin saber realmente a quién lo he hecho y de qué nos conocemos, pero la cara de este hombre no me sonaba de nada. -¿No te acuerdas de mí?, prosiguió. –Soy Salvador, de la Plaza Polo, ¿de verdad que no te acuerdas? ¡Jolín, Salvadorín! Pero, claro, han pasado casi 40 años desde que jugábamos al fútbol en “la replaceta Polo”, como nosotros la llamábamos, delante de su casa, de dos plantas. En la baja, su padre, que era patronista, tenía el taller. A veces jugábamos con los retales biselados de cartón sobrante, buscando similitudes que sólo existían en nuestra imaginación con objetos reales. ¡Mira, esto es un puñal!, ¡pues esto una cuchilla de esas que tiran los chinos! (los ninja aún no habían llegado a la televisión, así que los más malos eran Fu-Man-Chú y sus secuaces). Pero la anécdota que tengo grabada en el recuerdo, relacionada con Salvadorín, fue una en la que aparecen dardos. Unos dardos de plástico malo, de colorines (rosa, rojo, verde...) cuya punta era un chinche o un clavo pequeño, de fácil repuesto, y que vendían en “ca los gordos” o en la cacahuetería de la calle Mayor*. Los juegos en la calle iban por modas, nunca supe quién determinaba cuándo era temporada de canicas, o cuándo de trompas, de chapas o de dardos, pero la cosa iba por oleadas. Cuando sucedió lo que les voy a contar, los dardos estaban en pleno apogeo. Justo delante de la casa de Salvadorín, había una gran puerta de madera de unos bajos “que no eran de nadie”. Eso, para nosotros quería decir que no vivía nadie allí que nos pudiese regañar, así que con un trozo de yeso arrancado de cualquier pared, pintábamos una rudimentaria diana en el portón y nos dedicábamos a practicar en ella nuestra puntería. Al principio nos autorregulábamos: se tiraba por turnos y hasta que no hubiese acabado el último, no se iba a recoger los dardos. Este orden duraba bien poco, pues conforme se iba caldeando el ambiente, algunos se desesperaban y no podían esperar tanto tiempo para volver a probar suerte, así que no era raro ver a alguien ir agachado hacia la diana bajo una lluvia de dardos. En una de estas idas y venidas, Salvadorín salió pitando para su casa, con una flecha roja clavada en la cabeza, mientras los demás quedábamos preocupados por las consecuencias que aquello podía tener para nuestras orejas y nos aguantábamos la risa recordando la –para nosotros- chocante escena. No recuerdo bien cómo acabó la cosa, pero creo que ese año la temporada de trompas vino adelantada. Mientras me despedía de él en la cafetería, no pude evitar echar una mirada de reojo a la calva que ahora luce, buscando la herida de guerra.


Fotografía gentileza de Akela, de El kiosko de Akela, cuya visita les recomiendo


* La carretera la llamábamos nosotros, por ser el lugar con más tráfico rodado del barrio. Estaba rotulada como Calle Ramón Jaén, aunque todo el mundo se refería a ella como la calle mayor (o carrer major), nombre que volvió a ser oficial con el regreso de la democracia, llamándose desde entonces Major del Pla, para no confundirla con Major de la Vila.

2 comentarios:

Akela-J.P. dijo...

Precioso recuerdo este que narras… Sin duda éramos niños con olor a calle.
Ya sabes, puedes contar con las imágenes del kiosko.

Pejiguera dijo...

Gracias, Juan P. por la visita y por poner tus fotos a mi disposición.

Vuelve cuando quieras.