lunes, 31 de agosto de 2009

Francia - 1ª parte

¿Qué les puedo contar sobre nuestro viaje a Francia? Pues, entre otras cosas, que nos ha encantado. Para aclarar algo sobre las leyendas urbanas que sobre los franceses había escuchado, he de decir que nos hemos topado SIEMPRE con gente simpatiquísima, en cualquier momento y situación, tanto en capitales como en áreas rurales (igualito, igualito que al otro lado del Canal). En las autopistas –de un firme casi impecable y con curvas bien peraltadas- se conduce a un ritmo tranquilo, sin muchos sobresaltos, pese a estar –al menos las que hemos recorrido nosotros- mucho más transitadas que las españolas en estas mismas fechas. Los peajes, muy similares a los de aquí en cuanto a precio. El combustible, a un precio parecido también: el gasoil desde 1 euro más o menos hasta 1.17 (el más caro que hemos visto) en las gasolineras de las autopistas. A la hora de comer, precios también muy similares a los de los restaurantes medios de aquí, con la salvedad que hemos comido muy bien en todas partes y un par de detalles: el agua –fría, servida en jarras nada más sentarte- y el pan –buenísimo- van incluidos en el servicio. El vino nos ha defraudado un poco, la verdad, pues esperábamos algo más, sobre todo de los tintos, que hemos encontrado muy ásperos, aunque su precio tampoco era excesivo. Y lo peor –por poner un pero- ha sido lo de la cerveza. Allí CASI nadie bebe cerveza. Los aperitivos son a base de pastis o de vino y la cerveza, escasa de variedad, es bastante cara en comparación con otros lugares: una caña de 25 cl. costaba de 2.50 a 3 euros, y raramente bajaba de 6 euros si era una pinta (1/2 litro). Las marcas que hemos encontrado han sido Kronemburg y 1664 mayormente, casi siempre de barril (allí dicen “pression”) bastante flojitas y mediocres para mi gusto, pero la que más abundaba era la Heineken en botella, que no tiene nada que ver con la que se vende en España, pero que ganaba a las otras –en mi opinión- de calle. Saliéndose de estas marcas, había algunas de más pedigrí (Grimberger creo que era una de ellas), casi todas de “pression”, cuyo precio no iba siempre parejo a la satisfacción que proporcionaban. Tal vez es que traíamos el listón muy alto del viaje del año pasado a Chequia, donde una pinta de inmejorable cerveza (Budweiser o Pilsner Urquell, sin pasteurizar, por ejemplo) no nos costó nunca más de 1.20 euros. Por el contrario, la comida ha sido de notable alto, si la comparamos con la checa (y es que no se puede tener todo...).

En Avignon estuvimos con mi primo Gilbert y parte de su encantadora familia (gracias por ser tan buenos anfitriones), con quien compartimos algunas viandas típicas de la zona, muy buenas por cierto. Con ellos también partimos en busca de los famosos campos de lavanda de La Provenza, pero ya la habían cosechado y no pudimos disfrutar de ese espectáculo, aunque yo no perdí la esperanza hasta el último momento, pues pensaba encontrar el campo “kodak” a la vuelta de cada curva. En fin, que ya tenemos la excusa para volver en otra época del año más propicia...

Olivas de chocolate, bastante bien conseguidas ¿no?

El mercado de Avignon, con su fachada vegetal

No olviden pulsar sobre las fotos si quieren verlas más grandes.

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