lunes, 28 de septiembre de 2009

La comisión Darwin

¿Recuerdan que no hace mucho les hablé aquí de que, con motivo del año Darwin, se había creado en Elche una comisión con ese nombre? También les comenté que había leído que se iban a organizar conferencias, exposiciones y concursos relacionados con la efeméride. Pues bien, me he enterado tarde pero voy a ver si puedo llegar a participar en el de fotografía, pues el plazo acaba el miércoles 30 de septiembre (pasado mañana). El concurso se convoca con tres categorías: A) para estudiantes de la ESO, B) para los de BAT y Ciclos Formativos y C) para el público en general, siempre y cuando resida en Elche o en la Comarca del Baix Vinalopó. Para cada categoría se establecen tres premios dotados con cheque regalo por valor de 300, 200 y 100 euros respectivamente, más 10 accésits con diploma. Lo que me tiene un poco mosca es lo del “cheque regalo”, pues no es lo mismo que le den a uno 300 mortadelos para emplearlos en lo que guste, que tener que gastarlos obligatoriamente en Solarium El melanoma alegre, por ejemplo. Las bases no aclaran nada de esto, así que habrá que esperar a ver. Me toque o no, ya les contaré.

domingo, 27 de septiembre de 2009

De tomaduras de pelo, topos y otras cosas

Bueno, tras un obligado paréntesis por motivos de telecomunicaciones, ya estoy aquí otra vez. Después de muchos años soportando los abusos y engaños de la compañía que durante lustros ha ostentado el monopolio de las comunicaciones en este país, he decidido que ya era hora de que lo hiciesen otros, en este caso los chicos de Orange. Y no lo digo por decirlo, pues cuando me llamaron hace cosa de un mes para ofrecerme su servicio integral (hasta ahora sólo eran mis proveedores de Internet) y desvincularme así de Telefónica, me aseguraron que con el cambio tendría ADSL hasta 20 Mb, si bien no me garantizaban más allá del 80% de esa velocidad. Esta semana he instalado el nuevo router y he configurado la nueva conexión. Desde el miércoles o así la línea telefónica ha pasado a ser gestionada y administrada íntegramente por Orange. Como no notaba siquiera una pequeña mejora en la velocidad de mi conexión a Internet, comprobé la velocidad con varios de los medidores que hay disponibles on-line, descubriendo que, como me temía, la cosa seguía igual que antes, cuando pagaba por hasta 1 Mb y recibía apenas 256 Kb. Por no aburrirles, no les contaré mis “peleas” y cabreos del jueves por la noche, cuando llamé al Servicio de Atención al Cliente, pero sí que uno de los operadores que me atendió, después de exponerle la situación y decirle que me habían engañado, me dejó sin argumentos cuando me dijo, tranquilamente y sin rodeos, que él en mi lugar llamaría otra vez a Telefónica para pedir la portabilidad de mi línea y dejarlo todo como estaba, pues saldría ganando. ¿Un topo? No hace falta que les diga la cara de tonto que se me quedó, aparte del “regomello” que me comía por dentro y unas ganas locas de mandarlos a columpiarse a la M, así con mayúsculas... Pero no lo hice (ni lo haré), pues he llegado a la conclusión, después de hablar con unos y con otros, que son todos más o menos de la misma madera, así que me quedaré casi como estaba pero, eso sí, pagando 4 ó 5 eurillos menos todos los meses. Y, posiblemente, dentro de unos días, cuando se me haya pasado un poco el cabreo, les escriba diciéndoles tres o cuatro cosas que, aunque no creo que solucionen nada, espero que al menos me sirvan de desahogo. C’est la vie.


P.D.: Pericles, ya recibi tu paquete. Gracias por el detalle, amigo.

domingo, 20 de septiembre de 2009

Las navajas de Laguiole

Para los franceses, Laguiole (se pronuncia laiol) es sinónimo de navaja, como para nosotros Danone lo es de yogur. Laguiole es un pueblecito de poco más de 1000 habitantes, perteneciente a la región de Midi-Pyrenees, con una gran tradición en la fabricación de cuchillería, iniciada en el primer tercio del siglo XIX por Pierre-J. Calmels. Según la información que he encontrado por la red, en esa época hubo en la zona un importante movimiento migratorio hacia España –principalmente a Cataluña-, donde los campesinos conseguían trabajo como temporeros. A la vuelta, solían reunirse en la taberna de los padres de Calmels –donde éste ayudaba ocasionalmente- y allí contaban sus “batallitas” en el extranjero y enseñaban sus “souvenirs”, entre ellos, las famosas navajas españolas. Según dicen, la visión de una de ellas inspiró a Pierre-Jean, quien pensó introducir en el cuchillo autóctono –le capuchadou- las reformas necesarias para convertirlo en navaja. Asesorado por un tío suyo, cerrajero local, creó la Cuchillería de Laguiole, para fabricar los nuevos “cuchillos cerrados”. Era el año 1829 y la empresa estuvo funcionando hasta 1900, inspirando en ese intervalo a una treintena de artesanos más que montaron su propio taller de laguioles. Con la introducción de la maquinaria en el proceso productivo, la ciudad de Thiers fue ganando terreno en la industria cuchillera, pues los manufactureros de Laguiole fueron literalmente “devorados” por el progreso, hasta el punto de que, en prácticamente todo el siglo XX, las navajas sólo se fabricaron en Thiers. De hecho, en la tienda que los descendientes de Calmels aún tenían en Laguiole, vendían los productos de las industrias “rivales”. Incluso se dice que el propio Calmels y, sobre todo su hijo, quien heredó de su padre el amor por el oficio, montaron durante un tiempo sus navajas con piezas fabricadas en Thiers. En 1985 y, al parecer, por una iniciativa del Ayuntamiento, se trata de recuperar la actividad artesanal mediante la creación de la empresa “Le couteau de Laguiole”. Unos años más tarde y a rebufo del éxito obtenido por la anterior, nace la “Forge de Laguiole” y, con ambas, una “primavera” en la economía local que propicia la aparición de comercios cuchilleros (aparte del ya citado Chez Calmels, regentado en la actualidad por dos bisnietas del fundador) y la recuperación de algunos talleres artesanos. Hasta hace bien poco se ha estado litigando sobre la propiedad de la denominación “laguiole”, habiendo fallado los tribunales en contra de los que querían restringir el uso del patronímico a los artículos fabricados exclusivamente en el pueblo que les da nombre.

Una de las vitrinas de la cuchillería de Sarlat-La Caneda

Y ustedes se dirán ¿por qué nos cuenta este hombre todas estas cosas? Pues primero de todo por curiosidad. El saber no ocupa lugar, así que absorban esta información por si van a Francia y deciden comprar alguna, pues les vendrá bien. En segundo lugar, porque había leído que en Francia se fabrican unas navajas de fama mundial y decidí que, ya que íbamos allí, me gustaría verlas en directo. Y en tercer lugar, porque en el mismo Sarlat, casualmente, encontramos una cuchillería con más de 15 metros de escaparates dedicados a estas bonitas herramientas. Y que, en cuanto las vi, supe que tenía que comprarme una. Si hubiera sabido lo que ahora sé (que tampoco es mucho), habría disfrutado más y me habría orientado mejor de lo que lo hice, aunque sólo ver las vitrinas ya es una gozada. Me sorprendió la variedad de acabados, de fabricantes y, sobre todo, de precios. En cuanto a estos últimos, había de todo. Las más baratas andaban entre los 60 y los 100 euros, dependiendo del tamaño (la mía, de unos 9 cm. de hoja, me costó 75 machacantes) y, a partir de ahí, las había de hasta 3.000 euros (vean la vitrina de la foto de arriba). Lo que más llamó mi atención fue este tema, pues había navajas, aparentemente idénticas –al menos para mí lo eran- con precios bastante distintos, algunos de ellos con decimales. ¿Cómo se sabe que una navaja vale 90 euros y su “gemela” 120,68? ¿Por la perfección del acabado? ¿Por el peso? ¿Por el tipo de acero empleado? Ya les digo que aparentemente eran iguales. Dejo este misterio en el aire por si alguien lo pudiese aclarar. Ah, y mi navaja está fabricada en Thiers por Genes David, tiene un acabado impecable y un filo bastante eficiente. Les dejo con unas fotos para que la conozcan.

Si quieren ampliar esta información, pueden hacerlo aquí (un artículo muy interesante).

miércoles, 16 de septiembre de 2009

Calendario 2009 - Septiembre

Casi sin darnos cuenta, pasaron las vacaciones y estamos a punto de entrar en el otoño. En cuanto las grandes superficies y El Corte Inglés acaben sus campañas de “Vuelta al cole”, comenzarán a meternos el turrón por los ojos (cada vez empiezan antes). En Ikea ya estarán a punto de poner a la venta –si no lo están ya- los artículos navideños. El caso es que, entre unas cosas y otras, cuando de verdad llega la Navidad (antes era el 8 de diciembre), estamos hartos de ella. Pero bueno, me estoy yendo por las ramas. Lo que iba a ser una introducción para hacerles notar lo rápidamente que pasa el tiempo (aunque creo que ya se habrán dado cuenta), va camino de convertirse en un rollo que nada tiene que ver con el tema de la entrada: la foto del calendario correspondiente a este mes de septiembre. Aunque en esta ocasión, poco tengo que contarles, pues la protagonista es una cigüeñuela, de la que ya les hablé aquí, “capturada” en El Clot de Galvany, paraje del que les he hablado también aquí, aquí y aquí, por ejemplo.

Y, cambiando de tercio, ¿han oído hablar alguna vez de las navajas de Laguiole? ¿no? Pues ese será el tema de la próxima entrada.

sábado, 12 de septiembre de 2009

Francia - 4ª parte y última (creo)

Salimos del hotel a primera hora de la mañana. No es que tuviésemos un largo viaje por delante, pero no había nada que nos retuviera en los alrededores de Futuroscope. A un ritmo tranquilo, llegamos a Nantes a eso de las 12. Localizamos el hotel casi a la primera (estaba en una calle peatonal) y, después de descargar y tomar posesión de una habitación en lo más alto, nos encaminamos hacia los astilleros, en busca de mi amigo el elefante. Pero, claro, antes había que comer. Nos decidimos por lo fácil. Al ser domingo, no había mucho donde escoger, así que recalamos en uno que nos recomendaron en recepción y estaba muy cerca del hotel, junto a La Ópera. Sin saberlo, nos sentamos en el local de más solera de Nantes: La Cigale, donde nos atendieron estupendamente y comimos ídem. Lamentablemente, desde la terraza apenas se adivinaba el sorprendente interior y, de haberlo sabido, habríamos comido dentro. He de decir en nuestra defensa que, en todo el viaje por Francia, no recuerdo haber entrado a un solo restaurante donde hubiese aire acondicionado. Como estábamos sumidos en una ola de calor (en la TV no se hablaba de otra cosa), todo el mundo se pedía terraza, pues dentro no había quien estuviera. Así y todo, de haber ido avisado, habría hecho el sacrificio de sudar en el comedor de La Cigale.

De allí, con la digestión reclamándonos siesta, nos encaminamos hacia l’Ile, donde teníamos la cita con Les Machines. Como diría la canción, “qué profunda emoción...” cuando, nada más cruzar uno de los puentes sobre el Loira, vi, descansando –más bien dormido-, al gran elefante. Había bastante gente por allí (luego hubo más), así que fuimos a buscar, antes de nada, nuestros tickets. La entrada incluye la visita a la galería de las máquinas y un paseo en el paquidermo mecánico. La galería, más pequeña de lo que esperaba, acoge algunos de los ingenios que se han ido construyendo para la puesta en escena de las obras de la Compagnie Royal de Luxe, aparte de algunas maquetas, planos y bocetos de todo lo que allí se expone, si bien eché de menos al rinoceronte, a la jirafa y a la araña gigante. Pero la estrella de las instalaciones nos estaba esperando fuera. Mientras comprábamos algunos recuerdos para hacer tiempo hasta nuestro turno de paseo, oímos un gran estruendo en el exterior. Barritando y bufando, la bestia había salido de su letargo y avanzaba hacia los muelles, llevando su carga de sonrientes turistas en el palanquín. Más adelante, niños y grandes se movían a su alrededor provocándolo, siendo inmediatamente respondidos con un buen chorro de agua que el elefante les dirigía con total precisión con su trompa articulada. Hay tanta diversión arriba como abajo. Cuando por fin llegó nuestro turno, me encaramé a lo más alto, a la cerviz, cual cornac hindú (en Laos se los llama Mahouts, ¿les suena?) y desde allí disfruté la media hora de paseo. Vivo en una tercera planta y les puedo asegurar que desde donde estaba no veía a la gente más grande que desde mi balcón. Impresionante. Si algo le sobra, es el ruido que provoca la grúa que lo sustenta y le da vida (no olvidemos que no es más que una marioneta gigante), pero no se puede tener todo...

Después de hacer una breve parada en el hotel para dejar las cosas, nos dimos una vuelta por el centro, pero, al ser domingo, estaba todo cerrado. Fichamos algunas tiendas para visitar al día siguiente y, caminando sin rumbo fijo, llegamos hasta la catedral. Entramos para echar un vistazo y, al poco, comenzó a sonar el órgano (cosa que me puede ¡qué gozada!). Nos invitaron a salir de la zona de culto, pues iban a dar misa, pero aún tuve tiempo de hacer tres o cuatro fotos.

Y el día siguiente fue el más fresco del viaje en lo climático y, en lo que a turismo se refiere, el más aprovechado de todos, pues no paramos de callejear, de comprar y de visitar: el Passage Pommeraye, el castillo de los Duques de Bretaña, el casco viejo... Hasta nos dio tiempo a entrar en la Fnac, a curiosear qué libros tenían en español (muy pocos). Allí encontré en CD la primera casette que me compré con mi dinero cuando tenía 16 años: “If you can’t stand the heat”, de Status Quo y, claro, me la traje a casa. Así y todo nos dejamos –cómo no-, algunas cosas sin ver, como la casa museo de Julio Verne (que nació allí) o la zona nueva de la Isla, o el estuario... cosas éstas que nos dejaremos para una segunda visita.


Y esto es todo lo que tengo que contarles sobre Francia. La siguiente jornada fue la de vuelta para España, e hicimos una "pequeña" escala en Estella, en casa de los amigos Alberto y Mª José (gracias otra vez, chicos), pero esto y algo más que pueda haber olvidado, lo dejaré para otra ocasión, pues creo que ya me he enrollado bastante ¿no?

martes, 8 de septiembre de 2009

Francia - 3ª parte

Dejamos Sarlat por pintorescas carreteras secundarias hasta alcanzar la general que nos llevaría a Poitiers. Teníamos por delante cuatro horas de camino, esta vez sin pisar autopistas. Pese a ser sábado y, además, festivo (15 de agosto), el tráfico era bastante fluido, hasta que nos ocurrió algo que hasta ese momento pensaba que sólo era posible en España. A menos de 80 km. de Poitiers, encontramos una importante retención. Especulando sobre los posibles motivos, íbamos avanzando unos metros a intervalos regulares, para volver a parar bajo un sol achicharrante. La situación se prolongó durante 40 minutos de reloj (que se dicen pronto), momento en el que llegamos al origen del problema: ¡un semáforo en la travesía de un pueblo! Los paisanos estaban en las terrazas tomando sus aperitivos y contemplando, divertidos, el panorama. Una vez franqueada la barrera luminosa, pudimos ver durante algunos kilómetros, en el carril contrario, las mismas caras de fastidio e incertidumbre que habíamos tenido nosotros no mucho antes. Pasamos de largo por Poitiers, pues nuestro destino era Futuroscope, muy cerca de allí. El hotel, decepcionante, pero el parque, más. Un lugar que centra su negocio en unos edificios que dejaron de ser atractivos -o al menos futuristas- hace algunos años y en proyecciones –en algunos casos de dudosa calidad- que ya se pueden ver en cualquier capital, ha pasado de ser “la ciudad del futuro” a “la ciudad de los 80”. Lo siento si esta crítica les parece demasiado ácida, pero es que me defraudó mucho. Al menos mi hijo dice que lo disfrutó, aunque no lo veo muy claro, no. Si a la decepción en la visita añadimos las escasas opciones gastronómicas que hay tanto dentro como fuera del parque, la puntuación final baja bastante. Sólo puedo añadir algo en el lado positivo y son los recuerdos que compramos, algunos, como el que ven más abajo, bastante curiosos.

No sé si la venderán habitualmente o, aprovechando lo del Año internacional de la Astronomía, la han incluido como souvenir serigrafiando así la lata. Se trata de una pasta típica de la zona: le Broyé du Poitou, una torta que parece una galleta de mantequilla gigante, y no sólo en el sabor, pues la composición es la misma que la de sus hermanas pequeñas. Según reza en la trasera de la lata, antiguamente la torta acompañaba todos los acontecimientos sociales de la granja en donde nació: bodas, bautizos, etc. Debería haberles incluido también una foto de la pasta para que la vieran, pero nos la comimos el sábado por la noche en una cena con amigos y no he caido en ello hasta ahora. Para visualizarla, imagínense una galletita de mantequilla de aproximadamente 23 cm. de diámetro y 1 de grosor, con su azúcar (no mucha) y sus almendras fileteadas por encima.

Y como me he extendido con este capítulo más de lo que pensaba, voy a tener que dejar para un cuarto el resto del viaje...

jueves, 3 de septiembre de 2009

Francia - 2ª parte

De Avignon fuimos directamente hasta Sarlat-La Caneda (previo paseíto hasta Gordes, donde habíamos olvidado un monopié el día anterior), bien guiados por el Tom Tom. Aprovecho para hacer un inciso sobre el tema. No sé si lo llevo configurado para el camino más corto o qué, pero, al dejar las autopistas, nos ha llevado por algunas carreterillas –en algunos casos, caminos- bastante pintorescos. Para nosotros, que viajamos en un todoterreno, ha sido un placer, pero ha habido algunos de ellos en los que me lo habría pensado de haber ido en otro coche. De todos modos, siempre ha sido en trayectos cortos, pero muy “disfrutables”.

Pues nada, así, poco a poco, llegamos a nuestro hotel: “Le Mas del Pechs”, donde Francisco Rodríguez (español, sí) y su mujer, Noelie, nos atendieron estupendamente. Nuestra primera cena en el pueblo, en uno de los lugares que nos recomendaron, tampoco fue manca. Fue nuestro primer contacto con la gastronomía de la zona, que gira toda ella alrededor de patos y ocas (estábamos en la tierra del foie) y no nos defraudó en absoluto. En cuanto al pueblo, la primera impresión, ya atardeciendo, fue buenísima, así que decidimos bajar a la mañana siguiente, para coger información en la oficina de turismo y esas cosas.

Después de cenar, como estábamos cansados y habíamos bajado andando, emprendimos el camino de regreso al hotel, un camino con una pronunciada pendiente, jalonado de bonitas casas perigordinas. Doy fe de que las cenas a base de pato, el calor y las pendientes no hacen buen maridaje, pues sudé, hasta llegar arriba, toda la cerveza que había bebido durante este viaje y el anterior. ¡Con lo poco que nos había costado bajar! Mientras descansábamos al final de la cuesta, pudimos contar, en el despejado firmamento sur que teníamos delante y en apenas 10 minutos, hasta cinco estrellas fugaces (Perseidas), dos de ellas de las de toda la vida, con estela abundante y de largo recorrido. Fue una bonita bienvenida.

A la mañana siguiente, como creíamos que ya habíamos visto lo mejor del pueblo, pensamos acercarnos en un momento a Turismo y hacer algo de ídem por los pueblos de los alrededores, con fama de ser los más bonitos de Francia, pero como bajamos con el coche, aparcamos en otra zona de Sarlat y descubrimos al entrar que aún nos quedaba mucho por ver. Tanto, que después de informarnos bien y comprar algunos mapas para hacer excursiones por bosques, castillos, etc. (que nos quedamos con las ganas de hacer), decidimos quedarnos a comer. Y así se nos pasó el día, pero cuando uno está disfrutando, no puede pensar en las cosas que le quedan por ver, sino en aprovechar bien las que está viendo en ese momento. Definitivamente y como me temía, nos quedamos cortos habiendo dedicado sólo tres días al Perigord (que realmente fueron dos y pico, pues el primer día llegamos a las 5 de la tarde). Queríamos habernos acercado a las cuevas (hay varias en la zona) y también a ver los mercados vespertinos de los pueblos de la región, pues los productores locales venden sus mercancías (patés, quesos, embutidos, verduras, pan, etc.) y los ayuntamientos habilitan mesas para poder cenar allí mismo lo que se compra ¡qué bueno! mmm..., pero no hicimos ni una cosa ni otra. Para las cuevas nos advirtieron que, en Agosto, había que madrugar mucho para no hacer colas de horas (no sé si será cierto porque no llegamos a comprobarlo). En cuanto a lo de los mercados, nos apetecía mucho, pero estábamos tan cansados por la tarde, que lo último que se nos pasaba por la cabeza era coger el coche.

El tercer día nos levantamos un poco antes y nos encaminamos hacia Domme y La Roque-Gageac, con la idea de ampliar la excursión según se fuese presentando la cosa. Como ésta se fue presentando llena de sorpresas, se nos pasó la mañana en un suspiro, así que después de comer en La Roque y de dar una vuelta en gabarra por el Dordogne, nos encaminamos a Marquay, donde hay una granja (con venta directa al público) que Noelie nos había recomendado visitar cuando oyó el interés de nuestro hijo por ver ocas. Todo muy bonito, la gente muy amable y lo que hemos probado de lo que allí compramos, bue-ní-si-mo. Una visita muy recomendable si van por allí. La Ferme du Brusquand se llama.

Y para no hacer esto muy cansado, si les parece, dejaré para una tercera parte lo que nos aconteció en Futuroscope y Nantes...