martes, 8 de septiembre de 2009

Francia - 3ª parte

Dejamos Sarlat por pintorescas carreteras secundarias hasta alcanzar la general que nos llevaría a Poitiers. Teníamos por delante cuatro horas de camino, esta vez sin pisar autopistas. Pese a ser sábado y, además, festivo (15 de agosto), el tráfico era bastante fluido, hasta que nos ocurrió algo que hasta ese momento pensaba que sólo era posible en España. A menos de 80 km. de Poitiers, encontramos una importante retención. Especulando sobre los posibles motivos, íbamos avanzando unos metros a intervalos regulares, para volver a parar bajo un sol achicharrante. La situación se prolongó durante 40 minutos de reloj (que se dicen pronto), momento en el que llegamos al origen del problema: ¡un semáforo en la travesía de un pueblo! Los paisanos estaban en las terrazas tomando sus aperitivos y contemplando, divertidos, el panorama. Una vez franqueada la barrera luminosa, pudimos ver durante algunos kilómetros, en el carril contrario, las mismas caras de fastidio e incertidumbre que habíamos tenido nosotros no mucho antes. Pasamos de largo por Poitiers, pues nuestro destino era Futuroscope, muy cerca de allí. El hotel, decepcionante, pero el parque, más. Un lugar que centra su negocio en unos edificios que dejaron de ser atractivos -o al menos futuristas- hace algunos años y en proyecciones –en algunos casos de dudosa calidad- que ya se pueden ver en cualquier capital, ha pasado de ser “la ciudad del futuro” a “la ciudad de los 80”. Lo siento si esta crítica les parece demasiado ácida, pero es que me defraudó mucho. Al menos mi hijo dice que lo disfrutó, aunque no lo veo muy claro, no. Si a la decepción en la visita añadimos las escasas opciones gastronómicas que hay tanto dentro como fuera del parque, la puntuación final baja bastante. Sólo puedo añadir algo en el lado positivo y son los recuerdos que compramos, algunos, como el que ven más abajo, bastante curiosos.

No sé si la venderán habitualmente o, aprovechando lo del Año internacional de la Astronomía, la han incluido como souvenir serigrafiando así la lata. Se trata de una pasta típica de la zona: le Broyé du Poitou, una torta que parece una galleta de mantequilla gigante, y no sólo en el sabor, pues la composición es la misma que la de sus hermanas pequeñas. Según reza en la trasera de la lata, antiguamente la torta acompañaba todos los acontecimientos sociales de la granja en donde nació: bodas, bautizos, etc. Debería haberles incluido también una foto de la pasta para que la vieran, pero nos la comimos el sábado por la noche en una cena con amigos y no he caido en ello hasta ahora. Para visualizarla, imagínense una galletita de mantequilla de aproximadamente 23 cm. de diámetro y 1 de grosor, con su azúcar (no mucha) y sus almendras fileteadas por encima.

Y como me he extendido con este capítulo más de lo que pensaba, voy a tener que dejar para un cuarto el resto del viaje...

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