domingo, 11 de abril de 2010

Las Cruzadas y otros más

Pues sí, ya terminé Las Cruzadas, de Zoé Oldembourg. 807 páginas (más prólogo, más apéndices), editado por Edhasa en un volumen en tapa dura que se me antojó caro, qué quieren que les diga. En cuanto al contenido, quien espere encontrar una novela con amores, bonitas conquistas, y el triunfo de los soldados de cristo sobre las hordas infieles, que no lo lea. Las Cruzadas en si tuvieron todo eso y mucho más, con lo que no necesitan mucho adorno para resultar una lectura entretenida. La señora Oldembourg hace un exhaustivo estudio sobre la repercusión, política y social, que tuvo tal movimiento de gente armada a través de Europa y de Oriente Medio, desmenuzando a cada protagonista, para hacernos un retrato, desde un punto de vista a veces parcial, de la personalidad de cada uno de ellos. De su lectura he deducido que Las Cruzadas, en su origen, no fueron otra cosa que una expedición, amparada, patrocinada y bendecida por el Papa de turno, para recuperar de manos infieles la Tierra Santa y, de paso, debilitar a Bizancio y, sobre todo, a su iglesia, rival de la de Roma. En ella participaron, mayormente y sobre todo en la primera, segundones príncipes normandos, sin derecho a herencia en su país, quienes buscaban conseguir gloria y feudos  propios en el lejano oriente. Feroces vikingos, convertidos al cristianismo y asimilados por la “civilización” de occidente -hecho que no les quitó un ápice de su ardor guerrero ni de su sed de conquista- , que obtuvieron así el beneplácito que la iglesia no otorgaba a sus luchas fraticidas como nobles francos. El libro tiene detalles muy curiosos, como el de... bueno, no, mejor léanlo. Les advierto que es un volumen, por peso y tamaño, incómodo de leer en la cama, pero ya saben, quien algo quiere, algo le cuesta.

Para hacer la digestión de este tocho, tenía que coger algo ligerito, así que me decidí por Amor y gallinas, de P.G. Wodehouse. Si bien S.F. Ukridge –el protagonista- es uno de los personajes más desvergonzados nacidos de la pluma del autor, en esta ocasión la gracia brilla por su ausencia (o al menos yo no la he sabido encontrar), con lo que, con toda franqueza, puedo decirles que su lectura me ha defraudado.

De los regalos de Reyes tenía aún pendiente La aventura del tocador de señoras, de Eduardo Mendoza, último de la –de momento- trilogía protagonizada por un delincuente de poca monta, venido a menos, cuyo nombre el autor no llega a revelarnos, a quien el comisario Flores saca esporádicamente del manicomio en que se haya recluido para que le eche una mano en sus investigaciones, cuando no que se las haga completas. Si son capaces de leer el primer capítulo sin soltar una carcajada, una de dos: o no están vivos, o no nos parecemos en nada usted y yo. Como ya había leído el segundo de la serie, El laberinto de las aceitunas, sólo me faltaba el primero: El misterio de la cripta embrujada, así que me hice con él y comprobé que no es bueno alterar el orden de las cosas. Tenía que haberlo leído antes que los otros, pues su valor queda algo desvirtuado si se han leído previamente el segundo y el tercero de la serie. Siendo el más flojo, no deja de ser entretenido. Si se deciden a leerlos, háganlo en el orden correcto.

Buenas lecturas tengan ustedes.   

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