jueves, 13 de mayo de 2010

Las cosas de la EGB

Estamos en Mayo, mes de las flores. De niño, recuerdo que en las aulas se montaban improvisados altares en honor de la Virgen, y a los alumnos se nos requería el llevar ramos a modo de ofrenda. No tengo claro en la memoria si era en un día concreto, pero apostaría que se iban llevando espaciadamente, de modo que la imagen, estampa o lo que fuese, tuviese siempre flores frescas a lo largo del mes. Creo que era en la clase de Don Honorato, donde, además, cada vez que alguien traía un ramo, teníamos que cantar esta –afortunadamente breve- canción:

“Venid y vamos todos, con flores a porfía,
con flores a María, que madre nuestra es”

Esto, que a muchos les sonará a chino, era un ritual que se seguía, a finales de los 60 y principios de los 70, en todos los colegios, fuesen religiosos o no. Evidentemente, había profesores que relajaban en cierto modo algunas normas, según lo comprometidos que estuviesen con el “Movimiento”, pero llegué a tener uno (Don Francisco, de Valladolid) que hacía una pausa a las 12 en punto para el “Ángelus” (RNE también la hacía y creo que en la COPE aún se hace), y nos enseñó a cantar lindas canciones, como el Cara al sol, o el Montañas nevadas. También nos obligaba a ir, el miércoles de ceniza, a la cercana iglesia de San José a que nos cruzaran la frente con ella, además de rezar Padrenuestros, Credos y Avemarías al comenzar y acabar las clases. No era mal profesor, ni el que más collejas repartía, lo único es que tenía estas manías, el hombre. Afortunadamente, aún nos quedaba tiempo para aprender otras cosas más útiles y, como no hay mal que cien años dure, con el cambio de curso, vino el cambio de profesor, en este caso a mejor, pues Don Juan estaba más interesado en la docencia que en la propaganda, tenía su propio método de premio/castigo y nunca recurrió, que yo recuerde, a la violencia física con ninguno de nosotros.

Después del paso por su clase, vendría la revolución a nuestras vidas escolares (y al colegio), pues en 6º fuimos los primeros en tener ¡¡¡clases mixtas!!! Todo en el colegio estaba pensado para la separación de sexos: entrábamos y salíamos por puertas distintas, había un ala para chicas y otra para chicos, e incluso los recreos estaban separados. Si quería hablar con mi hermana, tenía que ir hasta “la frontera”, la verja que separaba ambos patios, constantemente vigilada por atentas maestras de aguda vista y fácil colleja, y esperar a que pasase por allí ella o alguien de su clase que pudiese darle recado. Con todo esto, pueden imaginarse cómo estábamos cuando nos dijeron que en el siguiente curso íbamos a estar con chicas en la clase. Pero volveré de nuevo al patio, pues lo hemos abandonado demasiado pronto. En él jugábamos, almorzábamos, charlábamos, nos peleábamos, comentábamos las cosas más divertidas de la película o la serie de la noche anterior... todo hasta que sonaba la campana y nos íbamos corriendo hasta nuestra fila. Porque teníamos que formar siempre, al entrar por la mañana, por la tarde, y la vuelta del recreo. No olvidemos que hablo de Las Graduadas, cuyo nombre oficial era “generalísimo franco” (perdón por las faltas de ortografía), así que el formar en el patio era un ritual casi militar: el profesor de cara a nosotros dando las órdenes de “a cubrirse”, “firmesss”, etc., los más altos delante y los renacuajos detrás. Entrábamos sin romper la fila, ordenadamente y sin correr, primero los cursos de los benjamines y por último los “tiarrones” de octavo. La gimnasia era algo por el estilo. De paisano, con la ropa y zapatos de calle, hacíamos algunos ejercicios del tipo de saltar con los brazos en cruz, doblar el espinazo para tocarse los pies con los dedos de las manos y nuevas sesiones de “a cubrirse”, firmes, etc. después de lo cual volvíamos a clase contentos de haber ejercitado nuestros músculos de forma tan eficaz. Por suerte, los críos de aquella época pasábamos casi todo nuestro tiempo de ocio en la calle, con lo que el verdadero ejercicio lo hacíamos mientras jugábamos.

Continuará...

No hay comentarios: