miércoles, 27 de octubre de 2010

Vuelve, a casa vueeelve...


Como decía la canción de El Almendro, no hay nada como volver a casa, sobre todo cuando uno ha tenido que salir de ella por motivos ajenos a su voluntad. Anoche, después de 17 días fuera, pudimos dormir en nuestras camas. Esa misma tarde se hicieron las últimas reparaciones en los desagües y las viviendas volvieron a ser habitables. Y justo la noche anterior se restablecieron los servicios de telefonía e Internet. :-)

Aún queda un montón de trabajo que hacer, sobre todo en la escalera, pero ya se afronta con otro estado de ánimo. Bueno, ya les contaré. Voy a recuperar el atraso internetero que llevo (correos sin leer y contestar, fotos pendientes de subir, etc.)

A ver si mañana puedo contarles más cosas. Gracias por su comprensión.

jueves, 14 de octubre de 2010

Me matan si no trabajo...

…y si trabajo me matan. A pesar de que nunca me gustaron los poetas ni la poesía, con el título de ésta de Nicolás Guillén comienzo este post, para decirles que, ahora que quería ponerme al día con el blog, no puedo. El pasado sábado a media mañana tuvimos un incendio en la pizzería que hay en los bajos del edificio donde vivo, y desde entonces estamos sin luz, sin agua, sin teléfono, sin desagües, sin Internet, sin descanso…

Desde que se dio la alarma hasta que intentamos bajar a la calle, no transcurrieron más de dos minutos, pero en ese escaso período, el tránsito por las escaleras se hizo imposible, pues éstas fueron tomadas por el humo. Conduje a la familia al balcón de poniente, el más alejado del incendio (temiendo que hubiese alguna explosión), pero tuvimos que abandonarlo también porque de repente comenzó a salir humo por las rejillas del retorno del aire acondicionado, y como la corriente de aire venía en esa dirección, la estancia en él se convirtió en algo bastante desagradable. Tapándonos la cara y corriendo semi a ciegas llegamos hasta el otro balcón, con la esperanza de que la cosa no fuese a mayores, pues está justo encima de la puerta del local donde se produjo el siniestro. Desde allí vimos llegar a la policía local primero, y a bomberos y a ambulancia después. También a otros vecinos en su balcón que, como nosotros, no habían podido abandonar a tiempo el edificio. Los bomberos, para poder acceder al interior del local, tuvieron que emplear un enorme ventilador, lo que hizo que el humo saliese ahora también al exterior por todos los resquicios que encontraba, subiendo hasta los balcones en que nos encontrábamos aislados, especialmente al mío, por estar, como dije antes, justo encima. Desde abajo nos indicaban que entrásemos al interior, pero cuando por señas (con el ruido de los camiones y el ventilador, era imposible entenderse de otro modo) les hice comprender que dentro aún estaba peor, nos dijeron que aguantáramos, que iban a despejar la escalera. A todo esto, el número de curiosos en la calle crecía.

No sé cuánto tiempo estuvimos hasta que “nos rescataron”, pero a mí se me hizo eterno. Realmente no creo que transcurriese más de una hora, pero ¡qué hora! señores. Afortunadamente, todo acabó con sólo pérdidas materiales: la escalera hecha un asco, las viviendas ahumadas, los desagües generales inutilizados (rotos o derretidos en algunos puntos), el suministro eléctrico y, consecuentemente, el de agua, interrumpidos, así como el de teléfono e Internet. El edificio está abandonado, cada uno ha ido a alojarse donde ha podido (a casa de la suegra en nuestro caso) mientras se solucionan estos problemas que hoy, cinco días más tarde, siguen sin resolverse. Les he escrito esto en un ordenador ajeno, y si lo están leyendo, es porque habré conseguido poder publicarlo desde el trabajo (fuera del horario laboral, claro). A ver si antes del próximo fin de semana se normaliza la cosa y puedo seguir contándoles.

¡Hasta pronto!

viernes, 1 de octubre de 2010

La profecía

Les dejo con parte del bonito romance de Rafael de Leon, recuperado esta semana del baúl de los recuerdos por mi “cuñao” Damián, al enviárselo a una de sus hijas (y sobrina mía) por su cumpleaños. Lo transcribo en su versión “de pueblo”, que me parece más auténtica:

¿Ande vas tan deprisa
sin desirme ni ¡con Dió!?
Me puedes mirá de frente,
que estoy enterao de tó.

Me lo contaron ayer
las lenguas de doble filo,
que te casaste hase un mé
y me quedé tan tranquilo.

Otro cualquiera en mi caso,
se hubiera echao a llorá,
yo, crusándome de brasos
dije que me daba iguá.

Y ná de pegarme un tiro
ni liarme a mardisiones
ni apedrear con suspiros
los vidrios de tus barcones.

¿Que t'has casao? ¡Buena suerte!
Vive sien años contenta
y a la hora de la muerte,
Dios no te lo tenga en cuenta.

Que si al pie de los artares
mi nombre se te borró,
por la gloria de mi mare
que no te guardo rencor.

Porque sin sé tu marío,
ni tu novio, ni tu amante,
yo soy quien más t'ha querío,
con eso tengo bastante.

Mola, ¿eh?