domingo, 28 de noviembre de 2010

Libros - XXXIV


En los cuatro meses transcurridos desde la última vez que les hablé aquí de libros, han pasado unos cuantos por mis manos, algunos de ellos muy buenos, y otros... bueno, vayamos directamente al grano.

Como les adelanté en el último post, tuve que releer El asombroso viaje de Pomponio Flato para recuperarme de la tristeza en que me dejó sumido La ciudad de los prodigios, ambos salidos de la mano del último Premio Planeta, Eduardo Mendoza, aunque de estilos totalmente opuestos. En el segundo que les cito, Mendoza nos cuenta la historia de un pícaro inmigrante rural, quien llega siendo casi un niño a Barcelona, y va medrando a costa de su inteligencia, buena suerte y falta de escrúpulos, hasta llegar a ser el capo de la mafia local. Del primero ya les hablé aquí, así que no insistiré sobre el tema.

Otro de los libros que pasaron por mis manos, prestado por el amigo Vicen, fue Comentarios a las guerras de las Galias, de Cayo Julio César (sí, el que están pensando), quien en 3ª persona y de modo muy ameno, nos va narrando sus aventuras y desventuras con las numerosas tribus galas, helvecias y germanas, que le mantuvieron en jaque a él y a sus legiones, entre los años 58 y 51 A.C. Nada que ver con las aventuras de Asterix y Obelix. El relato es muy interesante, aunque, si hay que ponerle un pero, es el hecho de que, tras cada batalla, las bajas en el ejército romano eran de unos pocos soldados (a veces, ninguno), mientras que eran incontables los caídos en el lado enemigo. Supongo que César, aparte de maquillar las estadísticas, no tendría tampoco en cuenta los muertos habidos entre sus aliados (sin uniforme), los esclavos, cocineros y demás personal encargado de la impedimenta. En un pasaje del libro cuenta que, las tribus fieles a Roma que luchaban con él, tenían la orden de atarse la túnica en el hombro contrario al que solían hacerlo normalmente, para que así los legionarios, en el fragor de la batalla, supiesen distinguir a amigos de enemigos. No está mal pensado, pero dudo que los soldados romanos, una vez metidos en faena, se parasen a mirar el hombro de los combatientes antes de clavar su espada. Dejando de lado ésta y otras cuestiones (hay quien lo tacha de propaganda pura y dura), para mí ha sido una de las mejores lecturas del verano.

Otro de los préstamos del verano, esta vez por parte de mi hijo, ha sido el de los libros que tiene del famosísimo Harry Potter (me pudo la curiosidad), a saber: H.P. y la piedra filosofal, H.P. y la cámara secreta, H.P. y el prisionero de Azkaban y, por último, el último (mi hijo es así), H.P. y las Reliquias de la Muerte. Entre medias han quedado tres historias, pero prefirió leer el último, según me dijo, para saber cómo acababa la historia y no tener que tragarse las que le faltaban. Y, después de leerlos yo, en parte le entendí. Salvo el primero, que tampoco es un dechado de alegría, los libros de J.K. Rowling te van sumiendo en una atmósfera deprimente, opresiva, que se mantiene, como si tuviesen un hechizo de melancolía, hasta un buen rato después de cerrarlos. El último es especialmente angustioso y, aunque finalmente ganan los buenos, nos deja –al menos a mí me lo dejó- con un sabor de boca algo amargo. Si aún no los han leído y también les pica la curiosidad, háganlo, pero por orden, pues en el último se habla de cosas y aparecen personajes que se comprenderían mejor si se han hecho antes los deberes. En las pasadas vacaciones, compré el penúltimo de la saga, H.P. y el misterio del príncipe, que aún no he leído (me lo estoy dejando para las de navidad). ¿Qué por qué lo he comprado? Porque no me gusta dejar las cosas a medias. :-)

Continuará...

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