domingo, 21 de noviembre de 2010

Suiza, ese país


Ese pequeño gran país, diría yo. Es pequeño a lo ancho, pero grande a lo alto... y en otros sentidos. Aunque se han roto algunos mitos que llevábamos grabados a fuego desde los tiempos de la emigración ¿quién no tiene algún familiar, vecino o conocido que haya trabajado allí? La limpieza ya no es lo que era, hay colillas en los suelos de las estaciones, fachadas viejas y sucias como en todas partes, y escaparates, persianas y barandillas con telarañas XXL, como en Chequia, por ejemplo. La gente tampoco cruza siempre por los pasos de peatones, y cuando lo hace, tampoco espera a que esté verde si no vienen vehículos. Por el contrario, éstos paran siempre en los pasos de cebra, aun cuando no hayas llegado a él. Basta con que vean que tienes intención de cruzar. Circulan rápido, pero siempre se detienen a tiempo. La puntualidad y la organización son algo que casi asusta por la exactitud y el celo que con que se llevan a cabo. Trenes, autobuses e incluso barcos, tienen sus salidas y llegadas sincronizadas al segundo. Esto, para alguien, como yo, amante de la puntualidad, es un punto muy importante a su favor, aunque en ocasiones también tiene sus desventajas. Un día nos quedamos sin comer “de caliente” porque llegamos 10 minutos tarde. Si los restaurantes, sean de hotel o de lo que sean, cierran el comedor a las 3, no vayas a las 3 y un minuto porque no te dejan entrar. Y además, te lo dicen sin cara de lástima ni nada. El “malo”, el que ha fallado, eres tú y ellos no van a sentirse mal por eso. Por lo demás, hemos sido tratados muy bien. La gente es generalmente agradable –sin excesos- y correcta en todo momento. La comida no es mala, tal vez el pan es su punto más flaco, al menos en la zona germanófila. Oscuro, con dureza de caucho, se me antojaba el terror de los vejetes con dentadura postiza. Me recordaba algo al pan checo, en mi opinión pésimo también. En lo referente a la bebida, la cerveza local –Rugenbrau- era bastante agradable de beber, con su puntito amargo y la dosis justa de gas. Los vinos, en los restaurantes eran intratables, dominando en las cartas los italianos, alemanes y algún que otro francés. En las estanterías de los supermercados no era difícil encontrar, además, vinos españoles, no tantos de Rioja o Ribera como sería de esperar, como de otras denominaciones de origen supuestamente menos conocidas en el extranjero (Toro, Priorato o La Mancha). Los precios, en general, bastante más caros que aquí, salvo en los combustibles –al mismo precio que en España- y en la alimentación. En los Súper encontramos las cosas algo más caras que aquí, pero sin exageraciones. Otra cosa eran los restaurantes, claro. Donde más diferencias vimos, fue en los relojes, por ejemplo. Al principio me costó entender el que, relojes fabricados allí, costasen aquí más baratos (entre un 20 y un 25%), pero el alto nivel de vida de Suiza encarece los productos en el comercio. Así y todo, si tenemos en cuenta el salario medio de un suizo, la vida está allí más barata que en nuestro país.

Y hecho este preámbulo, que he intentado abreviar (en serio), pasaré a contarles algo de nuestra estancia por allí, pero si les parece, lo dejaré para un nuevo post, por no alargar éste excesivamente. Sigan atentos a sus pantallas. Les dejo, como aperitivo, con alguna foto para que vayan abriendo boca...
 Bienvenida en el aeropuerto de Ginebra
Excursión en barco por el lago Brienz

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