domingo, 5 de diciembre de 2010

Suiza - 2ª parte

Hasta una semana antes de partir, estuve curioseando sobre el clima en la zona de Interlaken, con la sorpresa de que estaba haciendo casi el mismo calor que aquí, con temperaturas a mediodía de alrededor de 30º centígrados, sol radiante y nada de lluvia. Justo el día antes de salir nosotros de España, llegaron los cambios, con un considerable descenso de las temperaturas y un importante aumento de inestabilidad atmosférica, con lo que el panorama meteorológico daba un giro de 180 grados. Lo malo de las predicciones de ahora, es que suelen acertar bastante, tanto que aterrizamos en Ginebra entre nubes y claros (nube sí, nube no) y, conforme se iba acercando el tren a Wilderswil, el fresquete y la lluvia iban adquiriendo protagonismo. Estuvimos tirando de paraguas los 5 primeros días, y la ropa “de verano” no la sacamos de las maletas hasta nuestro regreso a Ginebra, una semana más tarde, pues con máximas de 10-12º no cabía hacer otra cosa. Ya sé que la lluvia es necesaria para la vida, el campo y todas esas cosas, por eso el primer día me hace gracia, el segundo me aparece una sonrisa tonta (de mala leche) en la cara, y a partir del tercero lo paso acordándome de cúmulos, nimbos, estratos y de la madre que los parió. Y más si estoy de vacaciones. En fin, que me dio mucha rabia, porque fotográficamente, el lugar daba para mucho, pero con lluvia y con un frío de esos de cuando el grajo vuela bajo, los resultados no fueron los esperados. Una vez hecho este “breve” preámbulo, paso a contarles el resto de cosas.

Nada más bajar del avión y recoger nuestro equipaje, salimos a la zona suiza sin pasar ningún control, cosa que me sorprendió bastante, pues en otros lugares, aun siendo comunitarios, te suelen pedir el DNI, cuando no el pasaporte. En el hall, un grupo de músicos interpretaba bonitas melodías alpinas con sus largos cuernos (pudieron verlos en una de las fotos del post anterior). Con esta agradable música de fondo, compramos nuestros bonos de viaje. El dependiente, en un perfecto castellano, nos explicó cómo funcionaba todo y nos imprimió un papelito con el horario de los trenes que teníamos que coger, los enlaces, el número de andén y el lugar exacto en que teníamos que colocarnos para acceder a los vagones que nos correspondían. Todo eso lo hicimos en 15 ó 20 minutos escasos, que es el tiempo que ellos calculan que media entre el desembarque y el acceso a la estación que hay justo debajo del aeropuerto. La primera cosa que nos llamó a atención, ya a bordo, fue que el tren parecía andar sobre moqueta, sin un ruido, sin traqueteos, golpes y demás molestias a las que estamos acostumbrados los viajeros de otros países. Si no fuese porque veíamos pasar por las ventanillas los paisajes de viñedos que bordean el lago Leman, pensaríamos que estábamos parados. Tras un breve transbordo en Berna, con el tiempo justo de comprar y comer un bocadillo, llegamos a Wilderswil a eso de las 3 de la tarde, con un frío alpino (nunca mejor dicho) y un leve chispeo que nos acompañó, cargados de maletas, en la búsqueda de nuestras casas. Como en un principio íbamos a hacer este viaje solos, teníamos los vuelos y el alojamiento contratados, así que, cuando los amigos Carlos y Edu (y sus respectivas) decidieron venir también, tuvieron que buscar casa por su cuenta. Finalmente estuvimos cada pareja en un lugar distinto, en el mismo pueblo, pero distinto. La nuestra resultó ser la más lejana, pero también la más grande y la que mejor vista tenía. Todas las reuniones y cenas “caseras” se hicieron allí. Aquí debajo podrán ver una de ellas, con una tortilla que salió ri-quí-si-ma.

 La casa por fuera
 La vista al atardecer desde ella (con un rayo de sol, oh, oh, oh)

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